
Me da gusto que hayas aceptado venir a pesar de los años que no nos hemos visto, y más después de todo lo que nos pasó. Dirás que soy un necio pero creo que la decisión que tomamos en aquel momento, la de no vernos, fue acertada, aunque no quito el dedo del renglón, igual que entonces, de que es una de las decisiones más absurdas que pudimos tomar. La verdad tenía muchas ganas de platicar y si no fuera porque lo que quiero hablar es de gran importancia, aunque quizá a nadie más le interese, no te hubiera llamado para vernos y seguiríamos siendo consecuentes con aquella decisión. La cosa es que hace un par de semanas me encontré con Roberto para hacerle compañía un rato, sigue viviendo en el mismo instituto mental que desde hace diez años. Sé que habíamos hecho la promesa de no visitarlo desde que nos lo pidió cuando se enteró que sus padres tenían la intención de internarlo. Ese día lo recuerdo con particular lucidez, hablaba rápidamente engarzando las palabras como un joyero minucioso. Nos dijo que prometiéramos que nunca lo visitaríamos ya que odiaría que nuestra amistad se viera reducida a esa suerte de ritual que nos esperaba, que prefería morir a ver a sus amigos despojándose de sus convicciones para fingir alternativamente entre que estábamos de acuerdo con lo que él pensaba y lo que pensaba el mundo de sus opiniones. No se podía vivir de esa manera, acabaríamos todos locos. Jeje, y aquí se rompió la taza. Cada quién se fue para su casa, o lo que quedaba de ella. Yo volví a la mía que nunca se repuso del secuestro de mi hermana, tu a la tuya y Roberto a la de la risa, o lo que quedaba. En estos días esas casas albergan cualquier otra cosa que la risa, el mundo está lleno de locos brillantes, salvo en los casos más trillados cuesta trabajo que algo de lo que nos digan nos provoque risa. Yo fui tirando, me salí de casa y la vida me fue poniendo en el camino hacia la ruina, je, tampoco me ha ido tan mal. Ahorita la situación va de perlas, pero dos años después de que nos separamos las cosas no iban nada bien. Por esa fecha me despidieron de la empresa, me deprimí, no digo que no, en aquel momento no tenía ni idea de que andaba tan mal. Tenía la sensación de que solo le importaba a unas pocas personas, que en ese momento ni me veían. La policía había dejado transcurrir el tiempo oficial para declarar a mi hermana muerta y mis padres no lo tomaron bien. Mi padre se deprimió en ese instante, mi madre en cambio decidió que mi hermana estaba viva y que jamás la encontraría. A los dos la vida se les llenó de tragedia, creo que a mí no me importó lo de mi hermana, desde hace años que pensaba que había muerto. Solo pasaba el día sintiéndome un accidente en el mundo, algo sin importancia como una mata de pasto hirsuta creciendo en la soledad del desierto. El fracaso laboral y lo que sucedió ese año en el fraccionamiento, el año en que mataron a mi hermana, me movió a buscar a viejas amistades. Pensé en Roberto pero pude mantener la promesa unos dos años más. En un arranque de compasión decidí que de los accidentes inútiles él era sin duda el más solitario y fui a buscarlo a la casa del escalofrío. No lo pude ver inmediatamente o si lo ví no me encontré con Roberto realmente sino con alguien completamente aislado, hasta se echaba de menos al Roberto de los últimos tiempos, cuando los secuestros, cuando todos teníamos miedo de ir a la escuela y él era el único que creía que no había por qué preocuparse, se mantenía tan tranquilo. Su madre se la pasaba el día rezando y reacomodando los muebles para combatir las malas vibras y alejar la ola criminal que se cernía sobre el vecindario. Roberto la contrariaba todo el tiempo no dejándola entrar en su cuarto y enseñándole libros sobre el espacio y fotos aéreas de la ciudad donde le mostraba como el feng shui era una guerra perdida contra el caos universal. Quizá de los tres yo fui el que vio más de cerca esa ola de homicidios, aunque hay todavía algunos que siguen pensando que fueron secuestros. La policía no tenía información que ligara a los desaparecidos excepto el lugar de residencia o de desaparición que es lo mismo, todos fueron secuestrados por la noche cerca de sus domicilios. Hombres, mujeres, niños, ancianos y hasta un par de bebés. La gente se quedó con la impresión de que los raptos habían sido pocos, como no era este un criminal que se ensañara con un grupo de edad o una preferencia sexual determinados, la gente se limitó a sufrir únicamente los casos que se acoplaran a sus preferencias emocionales del momento. Echamos la casa por la ventana, viajamos, preguntamos, caminamos, visitamos e interrogamos, tú lo viste, pero no logramos encontrar más información que la policía. Unos pocos nos volvíamos locos y otros estaban como Roberto evadiendo las cosas con la mirada fija en las estrellas. Sin trabajo, sin dinero y sin casa nos fuimos a otra zona de la ciudad, no tan agradable como ésta. Al principio Roberto no me reconocía y rara vez hablaba para sólo comentar algo sobre el clima pero tras varias visitas comenzó a tratarme de otra manera. Lo primero que quiso saber fue por qué estaba ahí, por qué la promesa. No me dejó verlo durante varios meses. Finalmente me perdonó y platicábamos frecuentemente sobre los tiempos de la escuela, los de antes de los crímenes, buenos tiempos pero algo no andaba bien en él, una vez me preguntó qué tal estaba mi hermana, si había tenido éxito en la gastronomía. Cuando intentaba explicarle se ponía ansioso y tenía que marcharme. Todo lo fui reconstruyendo yo, Roberto no ayudaba y yo sentía ahora la necesidad de entender todo el tiempo de la escuela, desde el principio había deseado eso. ¡y pensar que fui con Roberto para acompañarlo! Lo visitaba una vez por mes, a veces más a veces menos. Triste rutina. Un día Roberto me llamó, quería contarme algo. Estaba escribiendo un libro, Detrás de ti duermen las estrellas, donde explicaría lo que le sucedió antes del internamiento. Era una tarea para su psiquiatra pero él escribiría dos versiones. No pensaba que su psiquiatra se interesara por lo que él pudiera decir pero seguro que otros lo harían. Como no se acordaba de casi nada le fui llevando información, nombres, fotos. No sé si escribía pero platicábamos las diferentes teorías de la gente de la colonia, Roberto se enfebrecía y afirmaba que él lo resolvería todo, en cuanto se acordara. Le hablé de él, de su indiferencia, de su languidez, de sus ideas raras y de la crisis que había tenido una semana después de que nos hiciera prometer que no lo visitaríamos. Le di la información de la policía. Su colapso estaba en relación a los crímenes, según él los había sentido de una manera mucho más, íntima que el resto de las personas. Eso fue hace cuatro años. A los pocos días volvió a tener un colapso y no pude verlo desde entonces. Me llamó y fui a verlo hace dos semanas. No estaba bien, casi deliraba y era triste verlo fracasar en darle a su discurso un aire solemne, fiable, se había dejado crecer el pelo y se cubría con el casi toda la cara. Es llamativo como los locos gustan de ignorar las normas de etiqueta para rodear de misterio su pensamiento. Contó que durante los primeros meses lo invadió la sensación de saber algo sobre los crímenes, algo que los demás no sabían o, según reflexionó, sabían pero no se daban cuenta de su saber. Se devanaba los sesos, se preguntaba todo el tiempo qué era aquello que se le escapaba. Como no quería que su madre pensara que estaba preocupado igual que ella por los crímenes, y quizá hasta más histérico que ella, mantenía una actitud abstraída e indiferente cada vez que se tocaba el tema en público. Al menos al principio, luego fue real, ya no actuaba y a pesar de dormir en exceso estaba cansado e indiferente todo el día. Su papel se apoderó de él y pronto estaba abstraído y movido por sus convicciones todo el día. Roberto estaba cada vez más exaltado, se había puesto de pie, no estaba completamente seguro pero creía saber lo que había ocurrido, hablaba con dificultad. Se puso a sollozar, dijo que la noche de la crisis tuvo una pesadilla, una pesadilla terrible en que la gente que moría no desaparecía sino que se desintegraba, morir era una experiencia terrible, ahí nadie quería morir porque el que moría se desintegraba al instante y todos lo veían desintegrarse ante sus ojos intentando prolongar penosamente un absurdo gesto vital, no, no se desintegraban, se despedazaban. Se despedazaban. Es casi lo mismo. No lo sé, yo tampoco me encuentro bien. Es horrible. Nunca lo había visto tan desfigurado por la ansiedad, despertó de la pesadilla en el océano de la noche, dijo que era una especie de animal, no lo vio con claridad, solo algo largo tras la televisión que lo penetraba por la frente mientras dormía. No había dolor, solo impotencia.
Castor. 5 de agosto 2009.

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