miércoles, 7 de octubre de 2009

La pelea se oía por los auriculares que el hombre se llevó hasta sus oídos con sus manos callosas, llenas de surcos. Era un aparato viejo, digno monumento al cuerpo gastado del boxeador; su sombrero tapaba gran parte de los cables que sobresalían artificiosamente de sus oídos. Sus manos, hábiles en el cambio de estaciones, en el manejo del aparato de radio, sintonizaban perfectamente la frecuencia deseada, y él estaba absorto en la narrativa de la pelea. Lo delataba su mirada gacha y sus pasos torpes.

Pareciera ser que la técnica de Rubén Olivares es mejor; mucho más completa que el de su retador nicaragüense, el Arguello. El Arguello no tiene oportunidad.

Cuando el otro hombre lo comenzó a seguir, no nos dimos cuenta. En la oscuridad de aquel estacionamiento gris y de tres pisos de altura (el boxeador y el ladrón estaban en las escaleras y yo y mi esposa en el marco que era al mismo tiempo la entrada al estacionamiento y el piso del compartimiento superior ) el ladrón pudo haber llevado horas esperando a alguna víctima. Lo cierto es que de pronto la segunda figura saltó, silenciosa, y retó al primero abiertamente. Nos imaginamos su discusión. Para el momento en que el otro sacó su pistola, las palabras sobraban: sabíamos que aquello era un asalto. La sorpresa nos impidió correr de regreso a la plaza a pedir ayuda. Seguro el viejo boxeador oía la áspera voz del asaltante susurrando que no se resistiese, que lo acompañase hasta un rincón del estacionamiento, lejos de la luz sepulcral del faro que colgaba sobre ellos; que aquello era, por así decirlo, rutinario en el sentido literal de la palabra, que no habría mayor problema. Entonces notamos la mirada del boxeador: sus manos temblaron ligeramente, como si previera los actos totalitarios de lo que habría de hacer. Soltó el aparato que sostenía entre manos. La caída destruyó la radio, lanzando al aire sus intrincados circuitos internos, destrozando su caparazón de metal y plástico. La mirada del boxeador sorprendió incluso al ladrón. Bajo su sombrero de ala corta nos podíamos imaginar su expresión de rabia.
Una furia ciega se apoderó de él cuando le asestó el primer golpe, recordando probablemente sus viejas peleas en un cuadrilátero asfixiante, lleno de gente. Al instante se agrupó, retomando su guardia, y dio un derechazo en las costillas del asaltante, sintiendo la carne hundirse bajo su puño, confundiendo hueso con hueso. La sensación de valor le nutría, y cuando el arma del otro hombre cayó al suelo tras el primer golpe, una sonrisa triunfal se formó en su boca, confundiéndose con sus arrugas. Ya no había nada tras lo cual ocultarse. El ladrón lo miró, anonadado, y se irguió, dispuesto a enfrentarle. Sin forma alguna, le tiró un par de golpes, mismos que esquivó sin esfuerzo: la guardia del viejo boxeador, reflejando incontables peleas en su vida, era perfecta, insuperable. El asaltante sacó entonces una navaja de su pantalón holgado y se lanzó contra el viejo. Su cuerpo tomó nuevo vigor, dándole un fuerte golpe en la nariz, y ésta se quebró: el borbotón de sangre cayó a sus pies.

Hay que decir que las piernas de Olivares no están respondiendo bien; parece un novato en la pelea. ¡Olivares se está metiendo en la boca del lobo, señores, en la boca del lobo!

Platicábamos entre nosotros, con cinismo ante la pelea. Nos debatíamos con estos conceptos, totalmente alienados del plan de batalla magistral que ocurría ahí, a unos cuantos metros: el hombre de aspecto de boxeador retirado, fuerte, alto, de hombros anchos pero ligeramente caídos, contra el flaco idiota que lo intentaba asaltar. Al boxeador, lo habíamos reconocido de vista. Resultó ser un viejo amigo de la familia, pero parecía tener la pelea ganada. De hecho, estábamos a punto de dar media vuelta, absortos, y no notamos que el hombre andrajoso lograba recuperar del suelo su arma, en un descuido magistral por parte del otro.

Y vemos ahí, Arguello lo prendió. ¡Perfecta la derecha! Se va por segunda vez a la lona Olivares, por segunda vez, y pareciese que ya no se va a parar. ¡No se va a parar, señores!

Cuando se oyó el disparo, nos costó reagruparnos a aquel mundo. Era un espectáculo ajeno, como un campeonato que veíamos con cierto interés en la televisión, pero del cual creíamos no formar parte, hasta que aquel sonido nos ató de nuevo al asalto. Abracé el cuerpo de mi esposa, mirando al pobre boxeador: creí que estaría en aquel momento tirado en el suelo, moribundo, pero no. Estaba de pié, igualmente sorprendido de no estar herido. En mi mano noté entonces el líquido caliente, y sentí que aquella mano que sostenía mi cintura comenzaba a perder fuerza, que caía hacia el vacío. El tenue sonido de las gotas chocando contra el suelo de asfalto, magnánimo en aquel lugar lleno de ecos y silencios, hizo que todos los participantes de aquella ridícula pelea girasen hacia nosotros, hacia mí sosteniendo el cadáver de mi esposa sobre un charco de sangre. Hacia mí, sólo, mirando con lágrimas en los ojos al luchador vencido.

César A. Valdés G.

viernes, 2 de octubre de 2009

Último round

Me ascendieron la semana pasada. Fue una circunstancia fortuita, sin ceremonias, sin cumplir mérito alguno y, principalmente, sin acierto. Mi superior en la constructora en que trabajo tuvo un accidente automovilístico. Regresaba de Cuernavaca con su familia cuando inesperadamente se encontraron de frente con un burro que cruzaba con parsimonia la carretera, por esquivarlo se fue el coche a la cuneta en una de las tantas curvas mortales de la legendaria carretera libre México- Cuernavaca. Tenía una bonita casa de fin de semana, llegué a ir dos o tres veces, no era sofisticada ni rústica ni amplia ni pequeña, luminosa un poco, pero sólo cuando el cielo estaba despejado. El que me pareciera bonita quizá tenga más que ver con el nombre del fraccionamiento y la sensación de estar en la casa de fin de semana de mi compañero que con la arquitectura de la misma, una casa hecha en serie y vendida en los quioscos de los centros comerciales de la ciudad. La casa tenía dos plantas, una alberca de unos tres metros, un árbol de peras y dos bugambilias de unos diez años que dejaban la alberca recubierta de flores. Debía ser fabuloso zambullirse en la alberca cada fin de semana y apartar las flores moradas mientras tu hija las enredaba en su pelo. Poca gente lo sabe pero las flores de bugambilia son blancas y pequeñísimas como las hijas de mi compañero, las que tomamos por flores en realidad son hojas que se han modificado para facilitar la polinización. Dentro de la casa había tres recámaras, dos abrían sus ventanas hacia el jardín mientras que la tercera se orientaba hacia un pasillo que llevaba a la calle, una cocineta y una sala organizada alrededor de una televisión enorme donde siempre estaba sintonizado el Cartoon network o el futbol los domingos, dos o tres cuadros y algunas plantas ornamentaban la estancia. La habitación de huéspedes era una de las que se orientaban hacia el jardín. Alguna vez mientras platicábamos en el jardín y los primeros zancudos de la tarde comenzaban a congregarse cerca de nosotros le pregunté a mi amigo la razón por la que sus hijas habían elegido la habitación del fondo, la que daba al pasillo y a la calle, y se apartaban por las noches de la alberca y el jardín. Es que me gusta darle lo mejor a mis huéspedes, además es una lata dormir a las niñas cuando saben que la alberca está tan cerca. En ese momento le di la razón mientras intentaba vanamente matar a los moscos, los presentía ocultos en la penumbra y solo era sensible a ellos cuando escindían grácilmente la vaguada de la tarde, fue hasta que pasé la caseta de la ciudad de México y estaba entrando a Tlalpan que me pareció que debería ser justo al revés de como lo pensaba mi amigo. Ese día ya no hablamos. Al día siguiente me ascendieron, el delirio por el ahorro le había costado la vida a mi amigo y a su familia en las curvas de la libre.


Pasé los primeros dos días haciendo planos y trabajo de escritorio antes de integrarme a mis nuevas funciones. Ahora tengo que ir a las obras, negociar con contratistas, hablar con los obreros y hacer trabajo de campo. También tendré que supervisar algunos momentos clave de la construcción y tomar decisiones sobre la marcha, recalcular las cargas de las columnas y dirigir la conexión de las instalaciones con las obras públicas. Tendré dinero en un par de años para comprar una de esas casas.


La noche del martes estuve inquieto, casi no pude dormir. Cuando llegué de trabajar cené sin apetito, dejé casi la mitad del sandwich de jamón, y me puse a pensar sobre el día siguiente. Desde la universidad no había puesto pie en una obra, no es que no me gustara pero llevaba varios años haciendo planos y tareas administrativas, haciendo diseño, guiado y limitado, mezquino, pero trabajo creativo a fin de cuentas. Me sentía como el niño que va a volver a la escuela y tiene miedo de que se le olviden los calcetines o la mochila o que sus compañeritos tan amigables el año anterior se hayan convertido en unos canallas pubescentes durante el verano. Preparé mis cosas, unas botas, un pantalón de mezclilla, una camisa barata que irremediablemente me despojaría de mi estilizada imagen abombándose en el vientre y desempolvé el viejo casco de seguridad antes de dormir. Esa noche soñé que era maestro de primaria rural y que mis alumnos se burlaban de mi cada vez que me volvía para escribir en el pizarrón porque un ciempiés grotesco se había colado en el salón y se acercaba a mí cuando me volteaba. Yo veía el ciempiés y tenía miedo de que me mordiera pero mi comportamiento en nada se alteraba, continuaba con mi clase y cuando las risas subían de volumen y no podía ignorarlas me volvía y les preguntaba angustiosamente de qué se reían, se quedaban callados y se miraban traviesos. Cada vez la escolopendra se acercaba más y más. Al final me mordía en el talón, no traía calcetines.


Llegué temprano a la obra, un conjunto de veinte casas en Metepec. Como era muy temprano no había nadie en el lote salvo el velador. Me quedé en el coche mientras desayunaba y estuve observando con la ventana abajo el panorama que se ofrecía a mis ojos. Los insectos variaban la intensidad de su zumbido a medida que el sol subía por la grúa en un conjunto habitacional cercano. Las calles impecablemente pavimentadas con concreto hidráulico cortaban infinidad de terrenos en distintas etapas de edificación, la mayoría eran baldíos o se habían desbrozado recientemente, en los camellones y arcenes del camino principal convivían palmeras enanas, cables y tuberías que señalaban el camino a los terrenos. Por un momento fui presa de la emoción y me entusiasmé pensando que ahí se construía algo, bajé del auto y recorrí febrilmente una de las manzanas a pie. A cada paso imaginaba un edificio distinto para cada parcela que nada tenía en común con el proyecto que se edificaba ahí, las construcciones se superponían en mi mente construyendo irreales falansterios. Entonces los vi venir por la calle principal. Venían desde la carretera entre ruidos de camiones y trailers de las distintas constructoras. Los insectos callaron en ese momento o me encontraba tan absorto en mis pensamientos que no había notado el silencio. Cientos de obreros marchaban decididamente hacia mi con sus casacas naranjas reluciendo al alba. Emprendí apresuradamente el camino de regreso al auto, el vaso de la cafetería quedó a medio camino para ser pisoteado decenas de veces. Esperé en el auto mirando nerviosamente por el retrovisor la turba que se avecinaba pero solo unos pocos siguieron caminando por la calle central y me adelantaron somnolientos. Poco a poco se fueron encendiendo las máquinas en los lotes y las grúas cobraron vida. Decidí esperar otra media hora y finalmente entré a la obra.


Lo primero que noté al entrar fue que nadie me esperaba. Lo siguiente fue que no les importaría mi existencia hasta mitad de la mañana, hora en que llegaría el camión de suministros que debía administrar entre los cinco grupos de casas que constituían la obra. Aproveché el tiempo para hacer unas llamadas bajo la mirada recelosa del velador. Al cabo de un rato volví a platicar con el encargado y le pedí que me mostrara el desarrollo. Son solo piedras todavía, no hay nada que ver, me respondió. Insistí en que de cualquier manera me gustaría conocer el terreno para empezar a trabajar en los planos. Un poco malhumorado accedió y cuando caminábamos alrededor de los cimientos, los señalaba y decía estos son los cimientos, señalaba unas columnas y decía esas son las columnas, cuando nos acercamos a las casas que estaban más avanzadas me condujo a través de ellas y me invitó a subir por una escalera exterior, se detuvo ceremonioso cerca de una ventana y, por fin de buenas, me dijo: este es el segundo piso, al centro se ve la alberca, y rió dichosamente. Yo reí sin asomarme, por fin se había distendido la atmósfera, pero como el hombre seguía apuntando firmemente con la mano hacia el centro del terreno y la frialdad amenazaba con reinstalarse me acerqué tímidamente para verla. Al centro del terreno se había excavado un hoyo rectangular de seis por doce, como aun no se había recubierto con cemento lo único visible era un gran charco de lodo en el que se reflejaba el cielo de la mañana y bebía un perro.


El resto del día estuve en un apartado de la cabina del velador revisando planos y cuentas, los proveedores llegaron pasada la hora de la comida y todo transcurrió dentro de la habitación. Como era el primer día debía ponerme al día con el trabajo de mi amigo. Las horas pasaron levemente, casi no tuve tiempo de ocio. La comida me la dio el velador y comí en el cubículo. Alrededor de las seis de la tarde me encontraba cansado y me disponía a salir cuando el encargado llegó sonriente. ¿Ya se va ingeniero? Arquitecto, soy arquitecto. Perdón arqui, los muchachos y yo vamos a ver la pelea de box en la tele y queríamos invitarlo a que la viera con nosotros, El Gallo se trajo la tele de su casa y algunos fueron por unas chelas. ¿Cómo ve?


El camino hacia las casas que estaban más avanzadas era más complicado que en la mañana, la oscuridad amenazaba con infinidad de aristas en las que enganchar la piel y en el cielo las nubes presagiaban tormenta. El encargado caminaba con seguridad mientras yo lo seguía tanteando el terreno, la única luz visible era la de la ventana y la puerta en donde habían instalado la televisión. Cuando entramos había unos ocho o diez hombres sentados en el piso viendo la televisión, las cervezas habían llegado apenas y comenzaban a repartirlas. El encargado me presentó ceremoniosamente, su expresión era muy parecida a la que empleó cuando me mostró la alberca. El es el ingeniero nuevo, va a estar trabajando con nosotros muchachos, pasenle una chela. Por un instante todos me miraron y se quedaron callados mientras abría mi cerveza. Cuando terminé todos dijeron salud inge. Salud. En la pantalla se veía un cuadrilátero azul de las Vegas, pelearía un mexicano y un colombiano, pesos ligeros, pero nadie parecía interesado, estaban cansados. Dos pausas comerciales después inició la pelea, de inmediato todos enmudecieron y miraron la pantalla. A los tres segundos comenzaron las porras, el mexicano iba ganando terreno, se movía con seguridad ante la petulancia del extranjero. Dale pendejo, a los riñones, el mexicano lanzó una ráfaga de golpes acertando dos de lleno que marearon al colombiano. No se abracen, parecen nenas Gallo. El tal Gallo condescendió mientras el colombiano lanzaba un duro golpe a los riñones ganando la atención del mexicano y del Gallo. Tocaron la campana, el mexicano estaba fresco aún, el colombiano sudaba copiosamente mientras le limpiaban la frente y le gritaban consejos. Anuncio de cerveza, salud. La chica del cartél del segundo round arrancó suspiros, comenzó a llover. Los rounds se sucedieron con rapidez, a la altura del quinto asalto el mexicano tenía un corte en la ceja y el colombiano miraba como un caballo pandillero a su rival. Salió de nuevo la chica del anuncio de cerveza. Entonces se fue la luz. El tal Gallo corrió a la tele y le dio algunas palmadas desesperado, no me falles chiquis, No wey, se fue la luz, también se apagó el foco. Todos se rieron pero el ánimo decayó rápidamente. Comenzaron a quejarse, otra vez se había tronado el generador y habría que esperar hasta el día siguiente para que alguien de la empresa lo arreglara. Un poco bebido les dije que igual y lo podía arreglar, como tenía que diseñar las instalaciones eléctricas conocía muchos tipos de plantas eléctricas y si me decían donde estaba el generador con suerte le encontraría el problema. Quizá fuera sólo el fusible. El encargado encendió una lámpara, la puso bajo su mentón y dijo borracho: ¿En serio?. Me apuntó con la lámpara, enserio, le dije. A ver deja te enseño. Me acompañó a la puerta, sentía sus miradas tensas en el cuarto oscuro mientras el encargado me explicaba dos veces cómo llegar a la planta porque la primera no le había entendido o no me había dicho nada coherente. A estas horas el único peligro es caerse a la alberca o caerse de borracho y partirse la cabeza con un fierro. Se va con cuidado arquitecto.


La lluvia caía con pesadez, era una lluvia de grandes gotas. Por un momento quise volver a casa, qué necesidad tenía de todo eso. Pero de pronto me sentí aventurero, comencé a caminar por el terreno fangoso, nadie me esperaba en casa. El terreno fluía bajo mis pies y tenía la extraña sensación de ir flotando, el lodo se había adherido a mis botas, me resbalaba de vez en cuando y recuperaba el equilibrio tras varios pasos como si no hubiera pasado nada. La linterna que me habían dado iluminaba la lluvia que caía brillante y señalaba el camino pocos metros adelante. El camino comenzó a parecerme desconocido, temí por un instante haberme perdido, qué pasaría si me caigo en la alberca y tienen que salir a buscarme. El terreno era irregular y casi no veía nada , el brillo de la lluvia me cegaba. Por fin vi la caseta de la planta de luz, a lo lejos, sombría entre la lluvia. Entré en ella y más tranquilamente me orienté dentro del cuarto con la linterna, pensé que lo único peor que caerme en la alberca sería que me encontraran la mañana siguiente muerto y retorcido en una pared. Ah, ahora no fueron los fusibles, le diría el electricista al encargado, lo que pasa es que se le atoró un ingeniero entre los cables. Arquitecto, era arquitecto, diría el encargado. Encontré el problema con facilidad, era un fusible, estaba bien, sólo había que cerrar de nuevo el circuito. Subí la palanca, apreté el interruptor. A lo lejos se oyeron gritos de júbilo, último round, último round. Pensé en regresar de inmediato para no perderme la pelea, pero preferí esperar en esa caseta mientras se animaba con el rumor de la electricidad.





Castorena









Quémela por favor. La lluvia y las fogatas


Castorena

jueves, 1 de octubre de 2009

La bondad tiene sólo un lado negativo.

Lo tenemos justo donde lo queremos, este cabrón no llega al séptimo, tú tranquilo, ya sabes, aléjate de él, no bajes los brazos, ¡guardia fija! ¡guardia fija cabrón!

No escuchó la campana, sintió que lo levantaban y se llenó de miedo. ¿Por que seguir peleando? Estaba claro que el rival no se caería ni en el séptimo ni en el doceavo. Todo estaba perdido. No había de otra. Frente a él su rival se regodeaba sin prisas, ligero y fino, como que sabía que podía dar el último golpe en el momento que quisiera. Pero aún no quería.

Yo me caigo y ya está, se trata sólo de flexionar las piernas, ¡pim pam pum!, ya está, nadie piensa en eso, el que se cae se cae. ¿Por qué lo pienso tanto, por qué no lo hago y se acabó? Nancy lo entenderá, está por ahí, sentada en algún lugar viendo la madriza que me están dando, seguro que está rogando para que me deje caer, no piensa en el dinero, yo soy más importante que eso, mi salud ante todo, me lo ha dicho, no recuerdo bien cuándo, pero estoy seguro que algún día me lo dijo. ¿Qué clase de golpes son éstos? No me duelen, no son fuertes, al principio dolían un chingo, ahora son como caricias, ¿Por qué pega tan quedito? ¿Pega quedito o es que estoy tan madreado que ya ni siento? No ni madres, este güey me está pegando quedito, ¿él también habrá firmado la clausula de los nueve rounds?

Muy bien cabrón, este pendejo está que se cae de cansancio, aguanta otros dos rounds, te pido dos……… endejo ya no sabe ni dónde pisa, cabrón tú mant…… y la lana es toda nuestra puto.

El agua del cubo le obligó a cerrar los ojos, sintió el líquido poco refrescante, fue un guante en la cara lo que le obligó a abrir los ojos de nuevo, pero ya no estaba sentado en el banco.
Nuevamente se encontraba de pie frente a su rival que le molía la cara a golpes, pero él sentía ilógicamente un agudo dolor en el pecho, su brazo izquierdo estaba ahora inmóvil.

Juanito es un monumento a la bondad, él se encargará de parar el combate. A mí me dijeron que no debía caerme antes del noveno, pero no escuché nada sobre parar la pelea. Juanito tiene la toalla en la mano es cuestión de segundos para que la aviente. A estas alturas ya se convenció que no llego ni al séptimo, algo dijo sobre eso hace rato. Yo creo que está pensando dónde arrojar la toalla para que el réferi pueda verla, no vaya ser que quede a sus espaldas y no pueda verla y no pare la pelea, luego Juanito no tendrá otra toalla para aventar y nadie terminará este combate. ¡Ah! Juanito siempre tan inteligente el cabrón, siempre tan bueno, tan franco conmigo. Él me dijo que no iba a ser fácil, me previno, me entrenó, Juanito sabe lo que hace por eso yo lo quiero Juanito es ley, es mi amigo y por eso yo lo quiero. ¿Qué pasa con este tipo, se ha vuelto loco o qué chingados? Estaba muy tran… Ya no pegaba tan fue… Está … no vamos a lleg… ¿Qué esperas Jua.. tira esa mald.. Nancy dile que la tire, tírala tú, es tarde, estoy cansado, me duele el pecho, quiero irme a casa, quiero ver a la niña. Juanito, párala por favor. Quiero irme a ca.. quiero ver a mi hi…
Juanito es bueno, sabe lo que hace, está pensando dónde aventar la toalla, ¡Qué bueno es el cabrón!

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Noche de lobos viejos


Por Alejandro Merino



Hay cartel esta noche. El “Travieso” Arce quiere acabar su carrera con otro título mundial; pelean también Edgar Sosa, El Canelo y la Zorrita. El bar está lleno. Noche de 15 de septiembre.
Tomo mi cerveza y busco un lugar en la barra. Hay un banco vacío casi al final, junto a un grupo de 5 ó 6 hombres que comparten una botella de Bacardi blanco. El menor rondará los 60; el mayor, 70 lo mínimo. ¿Está ocupado? Pregunto tomando el banco. Uno de ellos me mira de soslayo y menea la cabeza sin decir nada. Me acomodo y doy un trago.
Hay alegría ante los contundentes triunfos del Canelo y la Zorrita, ambos en el primer asalto. El Travieso está por saltar al cuadrilátero ante un sudafricano de piel curtida. Pido otra cerveza. Los viejos a mi lado se mantienen atentos al combate. Comentan poco y beben mucho. Tiene el mismo upper que tenía Taylor, le oigo decir a uno de ellos a mitad del cuarto round. El Travieso no logra encontrar su distancia ante el sudafricano. ¿Meldrick Taylor? –pienso. Claro, aquel norteamericano que mantuvo a Julio César Chávez a raya durante 12 asaltos hasta que el mexicano, a sólo 12 segundos de terminar el último round, le conectó una derecha limpia en la mandíbula que lo mandó a la lona en uno de los combates más espectaculares que haya visto. Pero no, el viejo no se refiere a Meldrick, sino a Curtis Taylor, quien dominaba los pesos medios cuando mis padres eran recién casados y felices. No mames Jorge, Taylor era más rápido, contesta otro. Mira, fíjate… ¿ya ves? Lo anuncia mucho. Para uppers el del “Copetes” Jiménez. Detrás de ellos y en silencio hago un repaso de mis pobres conocimientos boxísticos, en los que no figura ningún “Copetes”. Mis escasas referencias son las peleas de Antonio Margarito (la más memorable contra Cotto), las de Juan Manuel Márquez (a quien Manny Pacquiao mandó a la lona 3 veces en el primer round), los 3 encarnizados combates de Eric “el Terrible” Morales contra Marco Antonio Barrera, algunas de Chávez y del “Finito” López (quien se retiró tras 21 defensas de su título y sin conocer la derrota jamás), las del mismo Pacquiao (contra Hatton, De la Hoya, Morales, Barrera, Márquez, Cotto), es decir, que una decena de nombres conforman todo lo que sé sobre boxeo. Y el “Travieso” sigue sin encontrarle la distancia a su rival; apenas avanza y lo tunden, y allá va el “Travieso” de nuevo, con más corazón que técnica, y con un ojo hinchado apenas en el quinto round.
A mitad del séptimo la plática vuelve a atraerme. Nombres desconocidos para un párvulo imberbe como yo; recuerdos gloriosos para viejos lobos como ellos: el “Toluco” López, “Pulgarcito” Ramos, Carlos Monzón, Kid Azteca, Ultiminio Ramos. El sudafricano sigue dominando al Travieso, y un pito lo que me importa. Los viejos hablan sobre boxeo, y una extraña sonrisa melancólica se les asoma mientras evocan épicos episodios del pugilismo: Salvador “el Sal” Sánchez noqueando a Azumah Nelson en el quinceavo round en 1982 para retener su título de campeón mundial de los pesos pluma; el mismo “Sal” Sánchez noqueando en el octavo al puertorriqueño Wilfredo Gómez en una de las victorias más importantes del boxeo mexicano; Roberto “Manos de piedra” Durán arrebatándole a Sugar Ray Leonard el título mundial de peso welter en 1980 en una de las 10 mejores peleas de la historia.
Los nombres, títulos y categorías fluyen y retroceden más. De Humberto “la Chiquita” González a Nino Benbenutti, de Fernando Sotelo a José Legrá, de Ringo Bonavena a “Mantequilla” Nápoles. Aquellos eran combates, carajo; cuando los campeonatos mundiales se disputaban a 15 rounds, cuando tirar la toalla era el último recurso, pero de verdad el último, cuando los púgiles se tiraban golpes por honor y no por 10 millones de dólares en regalías. Se recuerda con respeto los 3 sangrientos combates entre Rubén “el Púas” Olivares y Chucho Castillo a principios de los setenta, o el agónico knockout en el décimo tercer asalto que el nicaragüense Alexis Argüello le propinó al “Púas” en 1974 para arrebatarle la corona de los pesos gallo del Consejo Mundial. Otro grande de los pesos gallo sale a colación: Raúl “el Ratón” Macías –recién fallecido- y su memorable frase “Todo se lo debo a mi manager y la Virgencita de Guadalupe”. Los viejos brindan (¿por la Virgen, por el ratón, por los dos?) y se enfrascan de nuevo en disertaciones sobre si la defensa más difícil de Joe Fraizer –campeón mundial de los completos- fue contra George Foreman en 1973 o contra Larry Holmes en 1975; o si fue mejor el primero o el tercero de los tres apoteósicos combates que dieron Efrén “el Alacrán” Torres y el filipino Chartchai Chonoi entre 1966 y 1968.
La botella de Bacardi blanco se vacía, y en la barra se mencionan los dos nombres más grandes que el boxeo haya conocido: Muhammad Alí y Rocky Marciano; Alí en su combate contra Sonny Liston en 1965, Marciano contra Joe Walcott en 1952, ambos por el título mundial de peso completo. Marciano vs. Alí, el único combate que estos viejos no vieron nunca porque “a la puta suerte –dice uno de ellos- se le ocurrió darles casi 15 años de diferencia”.
Han cambiado el canal de las pantallas. No sé a qué hora terminó el suplicio del Travieso. Con lo que me importa a estas alturas. Es noche de lobos viejos, y yo no puedo sino escucharlos.






jueves, 10 de septiembre de 2009

Manual de Boxeo*

Por: Juan-Arturo Ochoa.

Percibí un aroma a sudor cuando me rodeó con su brazo para acercarse más a mí. Después intentó besarme. Sus labios eran demasiado rojos, cubiertos de una grasa carmín que contrastaba con su piel blanca. Sus ojos azules recorrían la pista de un lado a otro. La punta de unos bucles rubios se asomaba por los costados de una gorra desteñida con las letras NY bordadas al frente.

Dijeron que Céline era un nazi,
dijeron que Pound era un fascista,
dijeron que Hamsun era un nazi y un fascista.
Pusieron a Dostoievski frente a un pelotón
de fusilamiento
y mataron a Lorca…

-¿Qué le pasa a tu amigo mexicano?, ¿es que no le gustan las mujeres?
-Está nervioso Jeanette, nunca había tenido una mujer tan hermosa como tú sentada en sus piernas.
-¿Estás seguro que entiende lo que decimos?
-Seguro que entenderá lo que significa meter tu mano en su pantalón. Dale un respiro mujer, mejor ve y tráenos cerveza.

…le dieron electroshocks a Hemingway
(y tú sabes que se pegó un tiro)
y echaron a Villon de la ciudad (París)
y Mayakovsky
desilusionado con el régimen
y luego de una pelea de enamorados,
bueno,
también se pegó un tiro.
Chatterton se tomó veneno de ratas
y funcionó.
Y algunos dicen que Malcom Lowry se murió
ahogado en su propio vómito
borracho…

Era cierto que se bebía el alcohol con la facilidad y rapidez con la que un atleta consume el agua después de una competencia. El vino y la cerveza resbalaron por el interior de su garganta con la sencillez que resbala el hielo entre las manos tibias. Parecía no tener fondo.
Bajo un sol abrasador. Grandes abanicos oscuros teñían la playera debajo de los sobacos. Una mujer de cabello castaño metía su lengua en uno de los oídos del escritor. Éste sonreía. Yo perdí la cuenta de las cervezas que llevaba. A sus pies, tenía una alfombra de colillas de cigarros y también lentamente, se erigía una leyenda literaria. El emblema de la contracultura de los Estados Unidos. El tema discutido entre los críticos literarios. La personificación del realismo sucio. La fama de viejo poeta indeseable se extendía hasta mi país como los tentáculos pegajosos de un pulpo que contaminaba todo a su paso.

…Crane se tiró a las hélices
del barco o a los tiburones.
El sol de Harry Crosby era negro.
Berryman prefirió el puente.
Plath no encendió el horno.
Séneca se cortó las muñecas en la
bañera (es la mejor manera:
En agua tibia)
Thomas y Behan se emborracharon
hasta morir y
hay muchos más…

-¡Corre, corre!
-Vamos, adelántate hasta la cabeza.
-Corre estúpido animal, aposté cinco grandes por ti.
-No lo alcanzará, le adelanta medio cuerpo.
-Se está perfilando, es un gran jinete.
-Faltan 20 metros.
-Anda Chulo hazme ganar.
-Parece que sí.
-¡Sí, sí, sí, ya lo tienes!
-Lo logró, el hijo de puta lo logró.
-Apenas llegó.
-Estás loco, lo adelantó por media cabeza.
-¡Sí! ves cariño, hoy por la noche dormiremos en un buen hotel. Nada de cuartos pequeños que huelen a orín. Sábanas limpias y salmón en una bandeja plateada. Ya quiero quitarte la ropa, castaña barata. Ja Ja Ja. Puedes verlo mexicano, te dije que ése nos iba a hacer ganar. ¿Lo tienes, ya lo tienes para tu revista? Esto es mejor que una entrevista ¿no crees?, esto es filosofía accesible y popular. Esto es la inspiración, esto es lo que lo que el mundo necesita, una victoria, un triunfo ante los demás, aplastar al rival, demoler la dignidad del contrario. Que te envidien por estar en la cima diez minutos. La promesa de una cama con sábanas limpias y televisión por cable. Por lo menos una noche, al día siguiente, no se sabe; si todos los hombres experimentaran esta sensación, jamás se sentirían solos y miserables. ¿Me ves? ¿Me entiendes? No tengo nada, no tengo casa ni trabajo fijo, todos me han abandonado, mi editor, mi familia, mi perro, mi mujer, todos excepto esta puta que no tiene nombre y si lo tiene no me lo ha dicho y si me lo ha dicho lo he olvidado. Sólo tengo una botella de vino y un boleto que cambiaré por cinco mil dólares. ¿Y sabes qué? Esto es lo único que me interesa hoy.

¿y tú quieres ser un
escritor?
Es esa clase de guerra:
La creación mata,
muchos se vuelven locos,
algunos pierden el rumbo y
no lo pueden hacer
nunca más.
Algunos pocos llegan a viejo.
Algunos pocos hacen plata.
Algunos se mueren de hambre (como Vallejo).
Es esa clase de guerra:
bajas por todas partes…


La gente se amontonaba en las casillas de cambio reclamando sus premios. El efectivo circulaba de mano en mano, los papeles arrugados eran cambiados por verdes rectángulos. Charles, La Castaña, Jeanette y yo. Dejamos nuestro espacio en las gradas y nos dirigimos a la casilla de cambio más cercana. Ahí no había tanta gente, sólo cinco personas formadas. Una señora canosa y encorvada que recibió no más de 25 dólares. Después una pareja joven que guardó unos doscientos. Una señora obesa de cabello casi plateado y la nuca tan roja como la punta del cigarro que La Castaña sostenía en una mano. Después nosotros.
-Aquí está mi destino mujer, hazme sentir valioso este día- dijo Charles a la encargada de la casilla.
-Vaya, es usted un hombre afortunado.
-No te imaginas cuanto primor.
-Aquí tiene Sr. que los disfrute.
-Gracias, te irás al cielo.

Duró lo mismo que un parpadeo. Sentí un empujón. Mi acompañante rubia soltó un grito. Me quemó el cuello accidentalmente con la punta de su cigarro. Charles abrió mucho los ojos. Un muchacho joven le arrebataba de las manos los billetes que estaban sujetos con una liga. Pensé involuntariamente, fue un reflejo, antes de que el ladrón diese otro paso atravesé mi pie en su camino. Él perdió el equilibrio y cayó de bruces soltando el fajo de dinero. Aún no caía el último billete al suelo y Charles ya asestaba cuatro o cinco golpes en la nuca del ladrón. Sus años entrenando box eran evidentes, sabía llevar la fuerza a los nudillos y los nudillos al sitio indicado.
No había pensado en esta analogía con sus poemas. Tenía en sus ojos tanta furia que nadie quiso detenerlo. Las mujeres se apresuraron a recoger el dinero y yo a separar a la bestia de la presa. Un silbato se escuchó al final del pasillo. Charles se puso de pie y se aferró a mi chaleco. Tres hombres con uniformes policiales corrieron hacía nosotros cuando vieron la escena. El hombre del suelo no se movía. Se formaban hematomas en sus orejas.
-Corre mexicano, corre.

Está bien, adelante
hazlo
pero cuando te ataquen
por el lado que no ves
no me vengas con
remordimientos.
Ahora me voy a fumar un cigarrillo
en la bañera
y luego me voy a ir a
dormir.

*El poema de Charles Bukowski en este texto se titula Combat Primer (Manual de Combate).

martes, 8 de septiembre de 2009

¡Quémela por favor¡ Por Óscar Pérez Corona



Una promesa es una deuda, un extraño compromiso verbal apurado hacia el futuro. Prometer es jugar a ser dios pues en ello hay un conocimiento implícito de lo que ha de ser. Las promesas no habrían de basarse en esperanzas ni en especulaciones sino en certidumbres y al ser humano las certidumbres no le están dadas. El ser humano no debería prometer nunca nada.

J ya era un hombre hecho el día que le prometió a M quererla para siempre. La promesa en algunas ocasiones busca una constancia, una prueba permanente de que el pacto se realizó. J eligió un árbol (algo poco original por cierto) para dejar testimonio de su promesa. Por cierto M no prometió nada en aquel día, quizá estaba tan segura de sus sentimientos que consideró inútil replicar la promesa de J, éste tenía el corazón lleno de dudas y por eso prometió, luego entonces la promesa de J no partió de la certeza de lo que habría de suceder sino de la esperanza de que sucediera. J quería ajustar la dirección de un sentimiento que ya se le estaba torciendo. Y que al final se le torció.
J no quiso a M para siempre, no la quiso ni siquiera mucho tiempo, la quiso poco, demasiado poco diría yo. Primero se lo dijo y M reaccionó con discreción, como aquel que ya sabe lo que el otro va a decirle. J se sorprendió un poco, esperaba algo más, pero al final dio gracias de que fuera así. Luego llegó a pensar que M no lo quería tanto y que por eso había tomado el fin de la promesa con tanta calma. Estaba equivocado. Finalmente quiso retomar su vida, pasaba todos los días frente al árbol de la constancia y lo miraba sin querer. Un día vio a M sentada muy cerca del árbol, se compadeció de ella y odió al árbol. Al poco rato J fue con su navaja y borró las iniciales. Otro día vio de nuevo a M caminando desde algún lugar muy próximo del árbol, notó que ella traía algo en la mano, J creyó ver una navaja. Tomó su decisión. Fue al día siguiente con uno de sus empleados, le dio instrucciones precisas: Tumbe el árbol, haga leña y luego quémela por favor. Sintió un poco de pena al pensar en M cuando descubra que el árbol ya no está.
J sigue inquieto y no puede dejar de ver el sitio donde alguna vez estuvo el árbol, le da vueltas al asunto pero no sabe qué mas hacer ¿mandar construir una casa, un quiosco, un monumento a la mentira? Se siente fatal pero está seguro que ya no quiere a M.
M sigue amando a J y todos los días piensa en él, a veces cree que lo va a querer toda la vida. Del árbol, no ha visto que ya no está, no pensó en él un solo día después de que J lo marcara con su navaja. Quizá nunca note su ausencia. Es mucho su amor y no tiene tiempo para mandas silvicultoras.

jueves, 20 de agosto de 2009

Quémala, por favor. Por César A. Valdés

Para cuando la señora obesa de largo vestido con flores amarillas había logrado prender el fuego, el tosco frío conocido en la ciudad ya había logrado atravesar la gran puerta del vagón. Por fortuna la señora del vestido de flores había propuesto la fogata hace horas, precavidamente argumentando que era la línea más alejada del metro, la más remota, y que las pesadas herramientas y la constante fatiga humana demorarían al personal al menos hasta la mañana siguiente, y aunque la joven del vestido verde y botas había intentado tomar el tiempo al principio, todos se habían rendido ante la relatividad de un tiempo así, de un tiempo entre cuatro paredes y a oscuras, donde lo único real parecía ser aquello que sus sentidos inmediatos podían deglutir. Del fuego, decidieron hacer una comisión; solo dos hombres – el de saco negro y zapatos lustrados, que parecía recién salido de una alta junta de ejecutivos, aunque a éste pensamiento todos se preguntaban que hacía en un metro, y el otro, un tanto más joven, un tanto menos curtido por responsabilidades y más bien llevado por deseos, tatuajes y playeras de manga corta, con pulseras como fin- saltaron olímpicamente la encomienda, agarrados toscamente a la esperanza de un rescate milagroso y pronto. Se había construido en el centro, en parte para que alumbrara la estancia lo más posible, rodeado de frío metal, instrumento precario e ingenuo para su contención, pero daba luz a las cosas. Por fin, después de tantas horas, pudieron darse una imagen más convincente de su alrededor, del cómo las voces en la obscuridad embonaban perfectamente con sus recipientes humanos, del cómo el dulce pero fuerte timbre de la señora del vestido floreado cabía exactamente en su molde, como si la resonancia hablara por sí sola; de cómo la naturaleza gutural y tosca de la voz solitaria del rincón (¿cómo saber que era del rincón a ciencia cierta? Era todo cuestión de una imaginación basada en la resonancia, en el rebote de ondas por los asientos y los tubos y que acaso dibujaba en aquella oscuridad un torpe mapa mental) era totalmente contundente con el joven con barba de candado y playera corta, un pantalón de esos llenos de bolsas, casi estilo militar y unos tenis viejos y horribles. Aquella simple vista les había enviado un alivio más allá de su comprensión; liberaba cierto temor difuso, inconstante, como de una mancha escurridiza o un cuadro de Pollock. Pudiéndose conocer por fin, los nombres sobraban; no había más reconocimiento que el rostro mismo, que el cuerpo, que cada uno de sus traumas, de sus curvas. De todos ellos, se asombraron de no encontrar ningún herido grave; la enorme inercia del jalón del vagón dejó tan solo un montón de moretones, acaso con uno que otro hilito de sangre, un ojo morado, pero nada más.
La joven del vestido, al principio, insistió en llevar de nuevo el conteo del tiempo, pero su idea fue desechada al instante. La preocupación principal era, según todos, el mantenimiento del fuego. Además, todos sacaron su comida; se juntaron unos cuantos chocolates, M and M´s, hershey´s, dos paquetitos de galletas –uno abierto ya- y otras marcas más dudosas, refrescos, agua embotellada, y un manojo de un montó de dulces de marca dudosa, provenientes probablemente del metro mismo. Para eso de las 4 horas (a cálculo desnudo, pues la propuesta de la joven del vestido no fue aceptada), comenzaron a racionar fieramente las provisiones.
-Hay que cuidarla bien, señores, no sabemos cuando seremos rescatados –recalcó la señora del vestido.
Todos asentían ante tal despliegue de moderación, ante tal conocimiento de la vida. Solo la dulce joven del vestido verde miraba cada chocolate turbando ligeramente los labios, abriendo sus ojos negros de par en par, con la ingenuidad de una niña ante algo inalcanzable, ante dulces guardados en el último peldaño de la cocina o un frasco de galletas, precediendo a la comida.
Después de dos horas más, el fuego comenzaba a tintinear, reflejando horribles sombras sobre todo el vagón. La señora del vestido los miró casi con terror, y todos reconocieron su pensamiento, adivinando el dolor que sería regresar al oscurantismo previo, a tener que recorrer el lugar a tientas y desconocer a sus inquilinos. El hombre de barba de candando gritó que aquello era imposible, que él no volvería a andar a ciegas, y el hombre de saco negro le dijo que se calmara, tocando suavemente su hombro derecho. Para cuando el primero se había sentado, la señora del vestido había ya hecho un excelente plan: habrían de quitarle los forros a los asientos, que esperaban no fueran sino de una mala imitación de piel, y que aquello y su relleno blanco pudiesen servir de combustible un poco más; además, todos sacaron sus papeles. Al centro fueron arrojados, ya no periódicos como la primera vez, sino pañuelos desechables, libretitas de teléfonos y uno que otro papelito insignificante. A la hora, el esposo de la señora de vestido, quien llevaba una boinita café, tomó la iniciativa por primera vez. Tenía hambre, y quería un poco de los chocolates y galletas que habían juntado. Decidieron repartir la primera porción. A cada quien le tocó un pedazo de chocolate, una galleta, tres o cuatro M &m´s, y un dulce de los de las marcas irreconocibles y, seguramente, baratas. La joven del vestido verde miró encantada su porción de chocolate, comiéndosela de una sola mordida, para sorpresa de los presentes; todos la miraron con una mezcla de mudo reconocimiento; de alegría casi familiar.
-Vaya niña- dijo la señora del vestido floreado- eso sí es tener hambre-.
Ella respondió, apenada, que venía de la universidad, que no había comido, bajando la cabeza levemente. Entonces el hombre de saco negro le ofreció un trozo de su chocolate, el cual ella aceptó con un tenue gracias, igual de apenada que antes.

Al poco tiempo después todos se habían quedado dormidos, formando una especie de nido poco diferente al de las ratas que habitaban afuera en las vías. La cabeza de la joven de la falda verde rozaba con el hombro del hombre de saco negro, y éste a su vez estaba recargado en la pared. La mujer del vestido floreado dormía a sus anchas junto a la fogata, abrazando a su esposo, quien se había quitado la boina, y la había puesto sobre uno de los esqueletos sin forro que antes pretendía ser un asiento. El otro hombre, el del pantalón lleno de bolsas, había hecho suyo el lado del vagón que daba al siguiente, usando una chamarra de no sabía quien a manera de cobija. Al amanecer, apagaron el fuego, notando que tenían pocas provisiones que pudiesen avivarlo más tarde, que aquello no duraría más de una hora tras ser encendido. Esperaban que los rescataran antes de la noche, pues. La mujer del vestido comentó que aquello ya había tardado demasiado, y todos asintieron, viendo en los ojos de los otros una muda aceptación ante la esperanza del moribundo. El hombre del saco habló sobre un posible descarrilamiento, o tal vez un incendio; incluso llegaron a imaginarse la destrucción del mundo exterior. Después, la segunda ola de comida vino, y ésta vez todos la comieron apresuradamente, muertos de hambre. El lugar apestaba a sudor, a concentración de calor. El hombre del saco se lo quitó, desabrochándose dos botones de su negra camisa; la mujer del vestido con flores, algo obesa, tomó su mano a manera de abanico, y moviendo todo su largo brazo, se dio aire como pudo, al compás de varios pliegues de carne danzando de lado a lado. La joven del vestido verde simplemente se sentó junto al resto de la fogata, mirando el suelo, jugando con los ligeros dobleces de su falda. Finalmente, la noche llegó, y prendieron la fogata, con sus últimos papelitos. Tras una nube de visión pobre, todos se miraron con un sórdido fatalismo, con un temor total, pensando que aquello rebasaba su límite del tiempo, que en efecto el contar todo era imposible, banal, y que aquello tardaría más de lo esperado; tal vez, pensaron, incluso no sobrevivieran. En el rostro de todos se notaba el miedo, manifestándose en diversas y variadas formas, pero todas con su tronco común: la joven del vestido verde jugueteaba con la bolsita que colgaba de su hombro derecho, y con una voz familiar y amable, casi en un intento desesperado de romper el silencio, de oír la voz del otro antes de llegar a las tinieblas, la mujer del vestido con flores le preguntó algún detalle de su vida, en un gesto empático que devolvió a todos la humanidad, al menos por unos pocos minutos.
-Dime, jovencita, ¿Nos decías que vienes de la uni, verdad? – Preguntó la señora obesa, haciendo una pausa en su torpe abaniqueo – te ves agotada. ¿Qué estudias?
La jovencita sonrió, mientras le respondía, con un tono tímido y discreto, que no, que venía de la escuela.
-Estudio Comunicación – admitió, llevando ambas manos a su boca, a fin de ocultar un bostezo que estaba a punto de emerger y que le pareció un gesto grosero en aquel momento de intimidad.
-Vaya vaya, si tenemos una universitaria entre nuestras filas, señores- dijo ella, y dirigiéndose a su marido, le preguntó – Se parece a nuestra hija. ¿Verdad que sí, José?
A toda respuesta, el hombre movió la cabeza en un gesto que con mucho esfuerzo podría ser traducido como un movimiento afirmativo, de corroboración, mientras tomaba a su vez su boina café para usarla de abanico, imitando a su mujer. Cuando ésta se dirigió nuevamente hacia la jovencita, José le espetó una mirada furtiva a la joven, justo en el momento en que ella sonreía nuevamente.
-¿Tiene hijos, señora?
-Si, tengo una hija. Más o menos de tu edad, niña.
- ¿Qué hace? ¿Estudia la universidad?
La señora se quedó pensativa por un instante, y tras quién sabe que pensamiento furtivo le respondió que no, que su posición no estaba para eso, mientras sentía el cuerpo de su marido haciéndose hacia adelante, a fin de prestarle más atención a la joven.
-Debe de costarte bastante trabajo estudiar, ¿No es así, niña? – Le preguntó de pronto la señora, con cierto esfuerzo- Digo, con estos tiempos…
-A decir verdad, no, señora. –Dijo ella, en aquel tono que no es ni culpa ni vergüenza, queriendo ser sutil en sus palabras- Mi padre es director de cierta área de una empresa grande.- Y agregó casi a manera de respuesta- Vaya, no somos ricos, pero nos va bien.
La señora del vestido no dijo nada.
-En mi casa se hace lo que yo digo, hija- le confesó de pronto la señora obesa a la joven , momentos antes de caer dormida– No es que sea mandona, no. Muy al contrario, conozco de la vida. Eso te falta, experiencia. Es algo que la escuela no da ¡Y eso que yo estudié hasta la primaria! Es que mi madre ha sido pobre, y sufrimos. Si, hija. Tu aún no has vivido eso. La vida, lo duro de ello. Ya te tocará, supongo. La vida es dura. ¡Ah, si yo hubiera estudiado! Pero no se pudo. Mi padre murió cuando yo era una niña – ante el silencio de la joven, ella prosiguió- ¡La vida es dura, te lo digo, hija! El mundo es duro, pero no mi casa. Ahí, mi hija siempre estará segura. Cuando el mundo le golpee en la cara, siempre tendrá los brazos de su madre. Vaya, como me hubiera gustado haber estudiado. Pero durmamos ya, niña. Nos esperan días difíciles. Mañana, creo, ya las puertas se abrirán y el mundo nos llegará de nuevo. ¿Aceptarás una invitación a comer? Vaya, en nuestro humilde hogar, que seguro NO se compara al tuyo, pero bueno. Así conocerás a mi hija. Tal vez le puedas presentar algunas de tus amistades. No, no pasará nada, niña. Yo te cuidaré, tal y como lo hago con mi hija.


La señora se despertó de pronto, notando el frío sepulcral que se alzaba a su izquierda. El espacio de José estaba vacío, y en su lugar solo quedaba su boina. Palpó su lugar, pero no encontró rastros de él. Adormilada, se apoyó silenciosamente en uno de los asientos desnudos que estaban a su derecha, y se irguió. Después de todo, su esposo no podía estar lejos. Fue ahí cuando lo vio. Contoneado por el suave fuego que apenas ardía en el centro del vagón, las dos figuras estaban entrelazadas a apenas escasos metros de ella; ambos parecían devorarse. Las manos, entrelazadas, hacían notar la vejez de una y la jovialidad de la otra. Apenas pintado por la poca luz, el rostro sin boina besaba apasionadamente a un cuerpo cuyo fin era un vestido verde, alegre. Se detenían cierto tiempo para verse; luego, con renovado interés, se volvían a perder en silencio, en aquel cementerio de cuerpos dormidos, de sueños muertos, en donde, a todo testigo, existía un fuego crepitante a punto de fenecer y una mujer que lloraba en un rincón, más de rabia que de tristeza.
Después, todo pasó rápidamente. La mujer obesa vestida con flores se alzó violentamente.
-¡Perra, maldita perra! Me traicionaste. ¡Lo sedujiste!
Ante tal furia incontrolable, ante tal volumen de carne e ira, los manotazos de la joven fueron tan banales como sus intentos de explicación, como sus gritos que decían que él había comenzado todo.


Las manos y zarpas corrieron entre los barrotes, se abalanzaron sobre la joven. Se oyeron rasgaduras de vestido y golpes animales; una desgracia atropelladora cuyo único fin era la justicia animal; el bestiario de lo quijotesco, de lo irreal, pero que entonces quedaba perfectamente entre aquellas paredes donde lo humano era innecesario, torpe; tan ilusorio como la esperanza o el tiempo. Para cuando la luz regresó sin previo aviso, y el vagón continuó su marcha de una forma autómata, fatalista, ya no quedaba nada que hacer. El metro reanudó su marcha hacia la última estación y cuando la luz regresó, ya los espantados pasajeros se habían despertado gracias al estruendo. Vieron aún vestigios de la pelea. Ciertos golpes contra el vidrio, la delicada cabeza de la joven teñida en sangre. Todos fueron testigos de ello con impotencia alienígena, sin hacer absolutamente nada, mirándose de reojo, esperando que el otro actuara. La brutalidad era innegable, pero incluso el esposo, con lágrimas en los ojos, se hizo a un lado, y todos los presentes formaron un círculo alrededor del evento. Al terminar, finalmente el hombre del saco se acercó hasta la joven, palpando su cuello.
-¡Pero qué ha hecho! ¡Está muerta!
Entre jadeos, la señora les argumentó que lo merecía, que era lo que recibían ese tipo de mujeres y ante la mirada atónita de todos, les gritó:
-¡Además, no tienen derecho a decirme nada! Todos fueron testigos, pudieron haberlo impedido, pero no hicieron nada.
Todos se mantuvieron en silencio, hasta que el joven de pantalones militares, agitando sus manos, le dijo al esposo que aquello era su responsabilidad, que él debió haberlas detenido.
-¡Cómo si les fueran a creer! – Gritó la señora, aún respirando como un asmático tras correr un maratón- todos son culpables. Decidan. ¿Iremos a la cárcel, o que?
-Bueno… -dijo de pronto el hombre de saco- yo tengo una hija pequeña y un negocio que va bien. ¡Además, no hice nada! … La verdad, ni vi bien lo que pasó. Estaba tan oscuro.
-Y yo- argumentó el joven del pantalón militar- yo creí que la detendría su esposo, maldición.
De pronto, con resolución asesina, la señora intervino.
-¿Y creen que la policía les creerá eso? No, ellos no lo entenderán.
Todos se miraron con ojos de secuaces, de hermandad. Como si aquel hombre fuera el vocero de la comunidad de espectadores mudos, de cobardes justificados, el joven de pantalón militar le preguntó a la señora su sugerencia, y ella respondió.
-Quémenla. Sólo quémenla, por favor. Quemen todo. Nadie sabrá que nosotros subimos con ella en éste vagón. ¡Nadie lo sabrá!
Los hombres cargaron el cuerpo sin vida de la joven, arrojándolo a unas brasas moribundas, prendiendo también los pocos objetos que podían ser usados como combustible aún. Mientras el vagón llegaba hasta la última estación, el vestido verde de la joven se deshacía lentamente. Del fuego, ya no emergía calor; solo un frío y gris humo que chocaba contra el techo del metro. Cuando por fin las puertas se abrieron, nadie notó el incendio. Todos ellos salieron del vagón para reunirse con sus vecinos y con una humanidad olvidada, con un total asombro leyéndose en sus rostros. Nadie se había sentido capaz de aquello, pero no había vuelta atrás. Ellos habían tomado su decisión ya, al intentar no hacerlo, al evadir su responsabilidad de hombres. Todos caminaron fuera del vagón, aturdidos, empapados en sudor y cenizas, para abrazar una luz que no provenía de ningún fuego y que era meramente artificial.

César A. Valdés

domingo, 9 de agosto de 2009

Quémela por favor. por Juan-Arturo Ochoa


A Don Lucio le gustaba mucho el viento. Apenas sentía un soplo en la nuca y se quitaba el sombrero para dejarse despeinar por las ráfagas silenciosas, después suspiraba y emprendía el regreso a casa. Me parece que a los hombres resignados como él, las cosas que se mueven por sí mismas son sumamente hermosas, tal vez porque saben que en ellas no existe la tristeza que causa la pasividad o peor, la impotencia que trae consigo el estatismo.

Debo confesar que nunca aprobé lo que le hacíamos a ese hombre, sin embargo lo tenía que hacer, o por lo menos era necesario para formar parte del grupo. Yo era un vil hijo de puta por eso. Cada mañana, cuando despuntaba el sol, Don Lucio ensillaba a su mula y cabalgaba hasta su parcela, ahí revisaba tallo por tallo de maíz en busca de algún error: Cualquier hierba mala era arrancada, cualquier plaga era eliminada. Año tras año, a mediados de marzo, recogía la cosecha entera y la vendía, guardándose unas cuantas mazorcas para sobrevivir. Así hasta sus 83 años mantuvo estoica tal monotonía. Antes del atardecer el viejo caminaba trabajosamente hasta la parte más alta de su parcela y contemplando el color dorado de su maizal se dejaba cubrir por el viento y sonreía de gusto. Su tierra alimentaba a una fracción de mundo que jamás lo conocería.

Nuestra intención era como siempre fastidiar al viejo, esa noche me tocaba a mí idear el plan que los demás seguirían, intenté ser suficientemente malo y original para ganarme su aceptación. “Vamos a meternos a su casa y le chingamos la silla de montar” dije, creyendo que sería suficiente. A mitad de la noche brincamos la cerca de madera y nos seguimos de largo hasta el establo, tres de nosotros tomamos la silla de su base, mientras los demás nos cuidaban. La arrojamos a un pastizal fangoso donde no podía ser encontrada, después nos repantigamos satisfechos y ocultos frente a su casa, esperamos el amanecer.

Sus ojos se volvieron un pequeño reflejo de agua. La confusión fue más grande que la ira o el enojo. Se limitó a levantar la mirada al cielo aún negro y suspiró. Trepó con dolor sobre el lomo del animal y pensó en su maizal. Su mirada recuperó un poco de esperanza.

“Esta noche será diferente, el pinche plan de ayer no le hizo nada al viejo” dijo el más obeso del grupo. “Ese Don Lucio ni se lo espera, ya quiero ver su cara mañana que salga el sol” dijo el que estaba justo a mi derecha. En aquel momento por mi mente sólo pasó una pregunta: ¿Cómo lo hacemos sin despertar al viejo?

La puerta de la casita se abrió con un silbido, Don Lucio tomó su morral, su machete y su botella de agua; un coro de grillos parecía seguirlo mientras quitaba el rocío de las plantas al caminar junto a ellas, había tenido un mal sueño, la lechuza se postró cantando toda la noche sobre el flamboyán vecino. Malas noticias seguramente, sólo que no esperaba recibirlas tan pronto. Su morral dejó escapar la botella de agua, que con la caída se abrió, al girar, derramó el líquido justo donde tendría que estar su mula. Había huellas marcadas en el suelo. Un trozo de cuerda y un surco que conducía desde sus pies hasta la puerta. Por ahí la habían sacado, a rastras. ¿Quién será más animal? Pensó Don Lucio mientras apretaba el puño con toda la fuerza que le quedaba a sus dedos. Esa mañana no alzó la mirada al cielo, no recogió la botella, ni falto a trabajar.

Aquel día se tardó una hora más para poder llegar hasta su tierra, las hojas continuaban verdes y tiernas, el suelo parecía evaporarse, caía plúmbeo sobre las plantas un sol ardiente. La espalda del anciano se había entumecido un poco y la nuca le escocía demasiado. Gruesas gotas de sudor resbalaban desde sus sienes hasta el algodón de su camisa, notó que los pies temblaban bajo su peso, se sentó un rato sobre la piedra que tenía menos apariencia de eso y se enjugó la frente. De pronto como si alguien o algo lo hubiese escuchado, los altos tallos de maíz comenzaron a mecerse, Don Lucio feliz se quitó el sobrero para dejarse seducir por el aire refrescante, pero en lugar de la caricia acostumbrada, el golpe de un tronco grueso y pesado le hizo perder la razón, su espalda se arqueó de dolor, mientras enterraba las uñas en la superficie caliente del suelo, el maíz comenzó a volverse borroso y gris. Nos asustamos, nos asustamos mucho, esta vez se nos fue la mano lo sé. Sólo que nos dejamos llevar, el viejo parecía no sentir nada, por lo menos dolor físico o algo. La idea no fue mía, yo ni siquiera lo toqué, bueno, cuando lo cargamos hasta su casa sí. No pensé que un cuerpo pudiera ser tan liviano, era como cargar a un niño, puse mucha atención a los sonidos de su cuerpo, por si algo sonaba en su interior, si un hueso se rompió debe de sonar al moverse como una piedra en una lata. Aún me da vergüenza esta lógica.

-Don Lucio, Don Lucio despierte por favor, no queríamos hacerle daño- dije.

-No se muera Don Lucio, le devolvemos a la mula sólo se la escondimos- rogó otro de mis amigos. Recordé que había una sola cosa que el hombre puso ante todo a lo largo de su vida.

-Don Lucio quiere que haga algo por usted, quiere que haga algo con su parcela, dígame- le rogué cada vez con más angustia al ver que el anciano no se movía.

Lentamente abrió la boca, un hilo de saliva se rompió con el aire que formaban las palabras: “Quémela por favor.”

Varios no entendimos el sentido de su acción, pero ese día, mientras el maíz se volvía ceniza y una columna de humo negro se erguía hacia las nubes, Don Lucio logró descansar, porque el alma de su tierra se levantó hasta donde estaba su corazón, justo por encima de las montañas, donde al fin podría viajar con el viento y conocer otras tierras. Sitios tan grandes como cien parcelas cubiertas de sol. Don Lucio cerró los ojos satisfecho y no los volvió a abrir.

sábado, 8 de agosto de 2009

Tras de ti duermen las estrellas.


Me da gusto que hayas aceptado venir a pesar de los años que no nos hemos visto, y más después de todo lo que nos pasó. Dirás que soy un necio pero creo que la decisión que tomamos en aquel momento, la de no vernos, fue acertada, aunque no quito el dedo del renglón, igual que entonces, de que es una de las decisiones más absurdas que pudimos tomar. La verdad tenía muchas ganas de platicar y si no fuera porque lo que quiero hablar es de gran importancia, aunque quizá a nadie más le interese, no te hubiera llamado para vernos y seguiríamos siendo consecuentes con aquella decisión. La cosa es que hace un par de semanas me encontré con Roberto para hacerle compañía un rato, sigue viviendo en el mismo instituto mental que desde hace diez años. Sé que habíamos hecho la promesa de no visitarlo desde que nos lo pidió cuando se enteró que sus padres tenían la intención de internarlo. Ese día lo recuerdo con particular lucidez, hablaba rápidamente engarzando las palabras como un joyero minucioso. Nos dijo que prometiéramos que nunca lo visitaríamos ya que odiaría que nuestra amistad se viera reducida a esa suerte de ritual que nos esperaba, que prefería morir a ver a sus amigos despojándose de sus convicciones para fingir alternativamente entre que estábamos de acuerdo con lo que él pensaba y lo que pensaba el mundo de sus opiniones. No se podía vivir de esa manera, acabaríamos todos locos. Jeje, y aquí se rompió la taza. Cada quién se fue para su casa, o lo que quedaba de ella. Yo volví a la mía que nunca se repuso del secuestro de mi hermana, tu a la tuya y Roberto a la de la risa, o lo que quedaba. En estos días esas casas albergan cualquier otra cosa que la risa, el mundo está lleno de locos brillantes, salvo en los casos más trillados cuesta trabajo que algo de lo que nos digan nos provoque risa. Yo fui tirando, me salí de casa y la vida me fue poniendo en el camino hacia la ruina, je, tampoco me ha ido tan mal. Ahorita la situación va de perlas, pero dos años después de que nos separamos las cosas no iban nada bien. Por esa fecha me despidieron de la empresa, me deprimí, no digo que no, en aquel momento no tenía ni idea de que andaba tan mal. Tenía la sensación de que solo le importaba a unas pocas personas, que en ese momento ni me veían. La policía había dejado transcurrir el tiempo oficial para declarar a mi hermana muerta y mis padres no lo tomaron bien. Mi padre se deprimió en ese instante, mi madre en cambio decidió que mi hermana estaba viva y que jamás la encontraría. A los dos la vida se les llenó de tragedia, creo que a mí no me importó lo de mi hermana, desde hace años que pensaba que había muerto. Solo pasaba el día sintiéndome un accidente en el mundo, algo sin importancia como una mata de pasto hirsuta creciendo en la soledad del desierto. El fracaso laboral y lo que sucedió ese año en el fraccionamiento, el año en que mataron a mi hermana, me movió a buscar a viejas amistades. Pensé en Roberto pero pude mantener la promesa unos dos años más. En un arranque de compasión decidí que de los accidentes inútiles él era sin duda el más solitario y fui a buscarlo a la casa del escalofrío. No lo pude ver inmediatamente o si lo ví no me encontré con Roberto realmente sino con alguien completamente aislado, hasta se echaba de menos al Roberto de los últimos tiempos, cuando los secuestros, cuando todos teníamos miedo de ir a la escuela y él era el único que creía que no había por qué preocuparse, se mantenía tan tranquilo. Su madre se la pasaba el día rezando y reacomodando los muebles para combatir las malas vibras y alejar la ola criminal que se cernía sobre el vecindario. Roberto la contrariaba todo el tiempo no dejándola entrar en su cuarto y enseñándole libros sobre el espacio y fotos aéreas de la ciudad donde le mostraba como el feng shui era una guerra perdida contra el caos universal. Quizá de los tres yo fui el que vio más de cerca esa ola de homicidios, aunque hay todavía algunos que siguen pensando que fueron secuestros. La policía no tenía información que ligara a los desaparecidos excepto el lugar de residencia o de desaparición que es lo mismo, todos fueron secuestrados por la noche cerca de sus domicilios. Hombres, mujeres, niños, ancianos y hasta un par de bebés. La gente se quedó con la impresión de que los raptos habían sido pocos, como no era este un criminal que se ensañara con un grupo de edad o una preferencia sexual determinados, la gente se limitó a sufrir únicamente los casos que se acoplaran a sus preferencias emocionales del momento. Echamos la casa por la ventana, viajamos, preguntamos, caminamos, visitamos e interrogamos, tú lo viste, pero no logramos encontrar más información que la policía. Unos pocos nos volvíamos locos y otros estaban como Roberto evadiendo las cosas con la mirada fija en las estrellas. Sin trabajo, sin dinero y sin casa nos fuimos a otra zona de la ciudad, no tan agradable como ésta. Al principio Roberto no me reconocía y rara vez hablaba para sólo comentar algo sobre el clima pero tras varias visitas comenzó a tratarme de otra manera. Lo primero que quiso saber fue por qué estaba ahí, por qué la promesa. No me dejó verlo durante varios meses. Finalmente me perdonó y platicábamos frecuentemente sobre los tiempos de la escuela, los de antes de los crímenes, buenos tiempos pero algo no andaba bien en él, una vez me preguntó qué tal estaba mi hermana, si había tenido éxito en la gastronomía. Cuando intentaba explicarle se ponía ansioso y tenía que marcharme. Todo lo fui reconstruyendo yo, Roberto no ayudaba y yo sentía ahora la necesidad de entender todo el tiempo de la escuela, desde el principio había deseado eso. ¡y pensar que fui con Roberto para acompañarlo! Lo visitaba una vez por mes, a veces más a veces menos. Triste rutina. Un día Roberto me llamó, quería contarme algo. Estaba escribiendo un libro, Detrás de ti duermen las estrellas, donde explicaría lo que le sucedió antes del internamiento. Era una tarea para su psiquiatra pero él escribiría dos versiones. No pensaba que su psiquiatra se interesara por lo que él pudiera decir pero seguro que otros lo harían. Como no se acordaba de casi nada le fui llevando información, nombres, fotos. No sé si escribía pero platicábamos las diferentes teorías de la gente de la colonia, Roberto se enfebrecía y afirmaba que él lo resolvería todo, en cuanto se acordara. Le hablé de él, de su indiferencia, de su languidez, de sus ideas raras y de la crisis que había tenido una semana después de que nos hiciera prometer que no lo visitaríamos. Le di la información de la policía. Su colapso estaba en relación a los crímenes, según él los había sentido de una manera mucho más, íntima que el resto de las personas. Eso fue hace cuatro años. A los pocos días volvió a tener un colapso y no pude verlo desde entonces. Me llamó y fui a verlo hace dos semanas. No estaba bien, casi deliraba y era triste verlo fracasar en darle a su discurso un aire solemne, fiable, se había dejado crecer el pelo y se cubría con el casi toda la cara. Es llamativo como los locos gustan de ignorar las normas de etiqueta para rodear de misterio su pensamiento. Contó que durante los primeros meses lo invadió la sensación de saber algo sobre los crímenes, algo que los demás no sabían o, según reflexionó, sabían pero no se daban cuenta de su saber. Se devanaba los sesos, se preguntaba todo el tiempo qué era aquello que se le escapaba. Como no quería que su madre pensara que estaba preocupado igual que ella por los crímenes, y quizá hasta más histérico que ella, mantenía una actitud abstraída e indiferente cada vez que se tocaba el tema en público. Al menos al principio, luego fue real, ya no actuaba y a pesar de dormir en exceso estaba cansado e indiferente todo el día. Su papel se apoderó de él y pronto estaba abstraído y movido por sus convicciones todo el día. Roberto estaba cada vez más exaltado, se había puesto de pie, no estaba completamente seguro pero creía saber lo que había ocurrido, hablaba con dificultad. Se puso a sollozar, dijo que la noche de la crisis tuvo una pesadilla, una pesadilla terrible en que la gente que moría no desaparecía sino que se desintegraba, morir era una experiencia terrible, ahí nadie quería morir porque el que moría se desintegraba al instante y todos lo veían desintegrarse ante sus ojos intentando prolongar penosamente un absurdo gesto vital, no, no se desintegraban, se despedazaban. Se despedazaban. Es casi lo mismo. No lo sé, yo tampoco me encuentro bien. Es horrible. Nunca lo había visto tan desfigurado por la ansiedad, despertó de la pesadilla en el océano de la noche, dijo que era una especie de animal, no lo vio con claridad, solo algo largo tras la televisión que lo penetraba por la frente mientras dormía. No había dolor, solo impotencia.


Castor. 5 de agosto 2009.