Para cuando la señora obesa de largo vestido con flores amarillas había logrado prender el fuego, el tosco frío conocido en la ciudad ya había logrado atravesar la gran puerta del vagón. Por fortuna la señora del vestido de flores había propuesto la fogata hace horas, precavidamente argumentando que era la línea más alejada del metro, la más remota, y que las pesadas herramientas y la constante fatiga humana demorarían al personal al menos hasta la mañana siguiente, y aunque la joven del vestido verde y botas había intentado tomar el tiempo al principio, todos se habían rendido ante la relatividad de un tiempo así, de un tiempo entre cuatro paredes y a oscuras, donde lo único real parecía ser aquello que sus sentidos inmediatos podían deglutir. Del fuego, decidieron hacer una comisión; solo dos hombres – el de saco negro y zapatos lustrados, que parecía recién salido de una alta junta de ejecutivos, aunque a éste pensamiento todos se preguntaban que hacía en un metro, y el otro, un tanto más joven, un tanto menos curtido por responsabilidades y más bien llevado por deseos, tatuajes y playeras de manga corta, con pulseras como fin- saltaron olímpicamente la encomienda, agarrados toscamente a la esperanza de un rescate milagroso y pronto. Se había construido en el centro, en parte para que alumbrara la estancia lo más posible, rodeado de frío metal, instrumento precario e ingenuo para su contención, pero daba luz a las cosas. Por fin, después de tantas horas, pudieron darse una imagen más convincente de su alrededor, del cómo las voces en la obscuridad embonaban perfectamente con sus recipientes humanos, del cómo el dulce pero fuerte timbre de la señora del vestido floreado cabía exactamente en su molde, como si la resonancia hablara por sí sola; de cómo la naturaleza gutural y tosca de la voz solitaria del rincón (¿cómo saber que era del rincón a ciencia cierta? Era todo cuestión de una imaginación basada en la resonancia, en el rebote de ondas por los asientos y los tubos y que acaso dibujaba en aquella oscuridad un torpe mapa mental) era totalmente contundente con el joven con barba de candado y playera corta, un pantalón de esos llenos de bolsas, casi estilo militar y unos tenis viejos y horribles. Aquella simple vista les había enviado un alivio más allá de su comprensión; liberaba cierto temor difuso, inconstante, como de una mancha escurridiza o un cuadro de Pollock. Pudiéndose conocer por fin, los nombres sobraban; no había más reconocimiento que el rostro mismo, que el cuerpo, que cada uno de sus traumas, de sus curvas. De todos ellos, se asombraron de no encontrar ningún herido grave; la enorme inercia del jalón del vagón dejó tan solo un montón de moretones, acaso con uno que otro hilito de sangre, un ojo morado, pero nada más.
La joven del vestido, al principio, insistió en llevar de nuevo el conteo del tiempo, pero su idea fue desechada al instante. La preocupación principal era, según todos, el mantenimiento del fuego. Además, todos sacaron su comida; se juntaron unos cuantos chocolates, M and M´s, hershey´s, dos paquetitos de galletas –uno abierto ya- y otras marcas más dudosas, refrescos, agua embotellada, y un manojo de un montó de dulces de marca dudosa, provenientes probablemente del metro mismo. Para eso de las 4 horas (a cálculo desnudo, pues la propuesta de la joven del vestido no fue aceptada), comenzaron a racionar fieramente las provisiones.
-Hay que cuidarla bien, señores, no sabemos cuando seremos rescatados –recalcó la señora del vestido.
Todos asentían ante tal despliegue de moderación, ante tal conocimiento de la vida. Solo la dulce joven del vestido verde miraba cada chocolate turbando ligeramente los labios, abriendo sus ojos negros de par en par, con la ingenuidad de una niña ante algo inalcanzable, ante dulces guardados en el último peldaño de la cocina o un frasco de galletas, precediendo a la comida.
Después de dos horas más, el fuego comenzaba a tintinear, reflejando horribles sombras sobre todo el vagón. La señora del vestido los miró casi con terror, y todos reconocieron su pensamiento, adivinando el dolor que sería regresar al oscurantismo previo, a tener que recorrer el lugar a tientas y desconocer a sus inquilinos. El hombre de barba de candando gritó que aquello era imposible, que él no volvería a andar a ciegas, y el hombre de saco negro le dijo que se calmara, tocando suavemente su hombro derecho. Para cuando el primero se había sentado, la señora del vestido había ya hecho un excelente plan: habrían de quitarle los forros a los asientos, que esperaban no fueran sino de una mala imitación de piel, y que aquello y su relleno blanco pudiesen servir de combustible un poco más; además, todos sacaron sus papeles. Al centro fueron arrojados, ya no periódicos como la primera vez, sino pañuelos desechables, libretitas de teléfonos y uno que otro papelito insignificante. A la hora, el esposo de la señora de vestido, quien llevaba una boinita café, tomó la iniciativa por primera vez. Tenía hambre, y quería un poco de los chocolates y galletas que habían juntado. Decidieron repartir la primera porción. A cada quien le tocó un pedazo de chocolate, una galleta, tres o cuatro M &m´s, y un dulce de los de las marcas irreconocibles y, seguramente, baratas. La joven del vestido verde miró encantada su porción de chocolate, comiéndosela de una sola mordida, para sorpresa de los presentes; todos la miraron con una mezcla de mudo reconocimiento; de alegría casi familiar.
-Vaya niña- dijo la señora del vestido floreado- eso sí es tener hambre-.
Ella respondió, apenada, que venía de la universidad, que no había comido, bajando la cabeza levemente. Entonces el hombre de saco negro le ofreció un trozo de su chocolate, el cual ella aceptó con un tenue gracias, igual de apenada que antes.
Al poco tiempo después todos se habían quedado dormidos, formando una especie de nido poco diferente al de las ratas que habitaban afuera en las vías. La cabeza de la joven de la falda verde rozaba con el hombro del hombre de saco negro, y éste a su vez estaba recargado en la pared. La mujer del vestido floreado dormía a sus anchas junto a la fogata, abrazando a su esposo, quien se había quitado la boina, y la había puesto sobre uno de los esqueletos sin forro que antes pretendía ser un asiento. El otro hombre, el del pantalón lleno de bolsas, había hecho suyo el lado del vagón que daba al siguiente, usando una chamarra de no sabía quien a manera de cobija. Al amanecer, apagaron el fuego, notando que tenían pocas provisiones que pudiesen avivarlo más tarde, que aquello no duraría más de una hora tras ser encendido. Esperaban que los rescataran antes de la noche, pues. La mujer del vestido comentó que aquello ya había tardado demasiado, y todos asintieron, viendo en los ojos de los otros una muda aceptación ante la esperanza del moribundo. El hombre del saco habló sobre un posible descarrilamiento, o tal vez un incendio; incluso llegaron a imaginarse la destrucción del mundo exterior. Después, la segunda ola de comida vino, y ésta vez todos la comieron apresuradamente, muertos de hambre. El lugar apestaba a sudor, a concentración de calor. El hombre del saco se lo quitó, desabrochándose dos botones de su negra camisa; la mujer del vestido con flores, algo obesa, tomó su mano a manera de abanico, y moviendo todo su largo brazo, se dio aire como pudo, al compás de varios pliegues de carne danzando de lado a lado. La joven del vestido verde simplemente se sentó junto al resto de la fogata, mirando el suelo, jugando con los ligeros dobleces de su falda. Finalmente, la noche llegó, y prendieron la fogata, con sus últimos papelitos. Tras una nube de visión pobre, todos se miraron con un sórdido fatalismo, con un temor total, pensando que aquello rebasaba su límite del tiempo, que en efecto el contar todo era imposible, banal, y que aquello tardaría más de lo esperado; tal vez, pensaron, incluso no sobrevivieran. En el rostro de todos se notaba el miedo, manifestándose en diversas y variadas formas, pero todas con su tronco común: la joven del vestido verde jugueteaba con la bolsita que colgaba de su hombro derecho, y con una voz familiar y amable, casi en un intento desesperado de romper el silencio, de oír la voz del otro antes de llegar a las tinieblas, la mujer del vestido con flores le preguntó algún detalle de su vida, en un gesto empático que devolvió a todos la humanidad, al menos por unos pocos minutos.
-Dime, jovencita, ¿Nos decías que vienes de la uni, verdad? – Preguntó la señora obesa, haciendo una pausa en su torpe abaniqueo – te ves agotada. ¿Qué estudias?
La jovencita sonrió, mientras le respondía, con un tono tímido y discreto, que no, que venía de la escuela.
-Estudio Comunicación – admitió, llevando ambas manos a su boca, a fin de ocultar un bostezo que estaba a punto de emerger y que le pareció un gesto grosero en aquel momento de intimidad.
-Vaya vaya, si tenemos una universitaria entre nuestras filas, señores- dijo ella, y dirigiéndose a su marido, le preguntó – Se parece a nuestra hija. ¿Verdad que sí, José?
A toda respuesta, el hombre movió la cabeza en un gesto que con mucho esfuerzo podría ser traducido como un movimiento afirmativo, de corroboración, mientras tomaba a su vez su boina café para usarla de abanico, imitando a su mujer. Cuando ésta se dirigió nuevamente hacia la jovencita, José le espetó una mirada furtiva a la joven, justo en el momento en que ella sonreía nuevamente.
-¿Tiene hijos, señora?
-Si, tengo una hija. Más o menos de tu edad, niña.
- ¿Qué hace? ¿Estudia la universidad?
La señora se quedó pensativa por un instante, y tras quién sabe que pensamiento furtivo le respondió que no, que su posición no estaba para eso, mientras sentía el cuerpo de su marido haciéndose hacia adelante, a fin de prestarle más atención a la joven.
-Debe de costarte bastante trabajo estudiar, ¿No es así, niña? – Le preguntó de pronto la señora, con cierto esfuerzo- Digo, con estos tiempos…
-A decir verdad, no, señora. –Dijo ella, en aquel tono que no es ni culpa ni vergüenza, queriendo ser sutil en sus palabras- Mi padre es director de cierta área de una empresa grande.- Y agregó casi a manera de respuesta- Vaya, no somos ricos, pero nos va bien.
La señora del vestido no dijo nada.
-En mi casa se hace lo que yo digo, hija- le confesó de pronto la señora obesa a la joven , momentos antes de caer dormida– No es que sea mandona, no. Muy al contrario, conozco de la vida. Eso te falta, experiencia. Es algo que la escuela no da ¡Y eso que yo estudié hasta la primaria! Es que mi madre ha sido pobre, y sufrimos. Si, hija. Tu aún no has vivido eso. La vida, lo duro de ello. Ya te tocará, supongo. La vida es dura. ¡Ah, si yo hubiera estudiado! Pero no se pudo. Mi padre murió cuando yo era una niña – ante el silencio de la joven, ella prosiguió- ¡La vida es dura, te lo digo, hija! El mundo es duro, pero no mi casa. Ahí, mi hija siempre estará segura. Cuando el mundo le golpee en la cara, siempre tendrá los brazos de su madre. Vaya, como me hubiera gustado haber estudiado. Pero durmamos ya, niña. Nos esperan días difíciles. Mañana, creo, ya las puertas se abrirán y el mundo nos llegará de nuevo. ¿Aceptarás una invitación a comer? Vaya, en nuestro humilde hogar, que seguro NO se compara al tuyo, pero bueno. Así conocerás a mi hija. Tal vez le puedas presentar algunas de tus amistades. No, no pasará nada, niña. Yo te cuidaré, tal y como lo hago con mi hija.
La señora se despertó de pronto, notando el frío sepulcral que se alzaba a su izquierda. El espacio de José estaba vacío, y en su lugar solo quedaba su boina. Palpó su lugar, pero no encontró rastros de él. Adormilada, se apoyó silenciosamente en uno de los asientos desnudos que estaban a su derecha, y se irguió. Después de todo, su esposo no podía estar lejos. Fue ahí cuando lo vio. Contoneado por el suave fuego que apenas ardía en el centro del vagón, las dos figuras estaban entrelazadas a apenas escasos metros de ella; ambos parecían devorarse. Las manos, entrelazadas, hacían notar la vejez de una y la jovialidad de la otra. Apenas pintado por la poca luz, el rostro sin boina besaba apasionadamente a un cuerpo cuyo fin era un vestido verde, alegre. Se detenían cierto tiempo para verse; luego, con renovado interés, se volvían a perder en silencio, en aquel cementerio de cuerpos dormidos, de sueños muertos, en donde, a todo testigo, existía un fuego crepitante a punto de fenecer y una mujer que lloraba en un rincón, más de rabia que de tristeza.
Después, todo pasó rápidamente. La mujer obesa vestida con flores se alzó violentamente.
-¡Perra, maldita perra! Me traicionaste. ¡Lo sedujiste!
Ante tal furia incontrolable, ante tal volumen de carne e ira, los manotazos de la joven fueron tan banales como sus intentos de explicación, como sus gritos que decían que él había comenzado todo.
Las manos y zarpas corrieron entre los barrotes, se abalanzaron sobre la joven. Se oyeron rasgaduras de vestido y golpes animales; una desgracia atropelladora cuyo único fin era la justicia animal; el bestiario de lo quijotesco, de lo irreal, pero que entonces quedaba perfectamente entre aquellas paredes donde lo humano era innecesario, torpe; tan ilusorio como la esperanza o el tiempo. Para cuando la luz regresó sin previo aviso, y el vagón continuó su marcha de una forma autómata, fatalista, ya no quedaba nada que hacer. El metro reanudó su marcha hacia la última estación y cuando la luz regresó, ya los espantados pasajeros se habían despertado gracias al estruendo. Vieron aún vestigios de la pelea. Ciertos golpes contra el vidrio, la delicada cabeza de la joven teñida en sangre. Todos fueron testigos de ello con impotencia alienígena, sin hacer absolutamente nada, mirándose de reojo, esperando que el otro actuara. La brutalidad era innegable, pero incluso el esposo, con lágrimas en los ojos, se hizo a un lado, y todos los presentes formaron un círculo alrededor del evento. Al terminar, finalmente el hombre del saco se acercó hasta la joven, palpando su cuello.
-¡Pero qué ha hecho! ¡Está muerta!
Entre jadeos, la señora les argumentó que lo merecía, que era lo que recibían ese tipo de mujeres y ante la mirada atónita de todos, les gritó:
-¡Además, no tienen derecho a decirme nada! Todos fueron testigos, pudieron haberlo impedido, pero no hicieron nada.
Todos se mantuvieron en silencio, hasta que el joven de pantalones militares, agitando sus manos, le dijo al esposo que aquello era su responsabilidad, que él debió haberlas detenido.
-¡Cómo si les fueran a creer! – Gritó la señora, aún respirando como un asmático tras correr un maratón- todos son culpables. Decidan. ¿Iremos a la cárcel, o que?
-Bueno… -dijo de pronto el hombre de saco- yo tengo una hija pequeña y un negocio que va bien. ¡Además, no hice nada! … La verdad, ni vi bien lo que pasó. Estaba tan oscuro.
-Y yo- argumentó el joven del pantalón militar- yo creí que la detendría su esposo, maldición.
De pronto, con resolución asesina, la señora intervino.
-¿Y creen que la policía les creerá eso? No, ellos no lo entenderán.
Todos se miraron con ojos de secuaces, de hermandad. Como si aquel hombre fuera el vocero de la comunidad de espectadores mudos, de cobardes justificados, el joven de pantalón militar le preguntó a la señora su sugerencia, y ella respondió.
-Quémenla. Sólo quémenla, por favor. Quemen todo. Nadie sabrá que nosotros subimos con ella en éste vagón. ¡Nadie lo sabrá!
Los hombres cargaron el cuerpo sin vida de la joven, arrojándolo a unas brasas moribundas, prendiendo también los pocos objetos que podían ser usados como combustible aún. Mientras el vagón llegaba hasta la última estación, el vestido verde de la joven se deshacía lentamente. Del fuego, ya no emergía calor; solo un frío y gris humo que chocaba contra el techo del metro. Cuando por fin las puertas se abrieron, nadie notó el incendio. Todos ellos salieron del vagón para reunirse con sus vecinos y con una humanidad olvidada, con un total asombro leyéndose en sus rostros. Nadie se había sentido capaz de aquello, pero no había vuelta atrás. Ellos habían tomado su decisión ya, al intentar no hacerlo, al evadir su responsabilidad de hombres. Todos caminaron fuera del vagón, aturdidos, empapados en sudor y cenizas, para abrazar una luz que no provenía de ningún fuego y que era meramente artificial.
César A. Valdés