miércoles, 5 de agosto de 2009

Familia

i

Hermana:
Si estás leyendo esto es porque nuestra familia ha dado fin con mi problemática existencia. Seguramente estoy muerto. Deberías estar tranquila, sé que entiendes por qué. Espero que ya hayas lavado tu cabello a conciencia y que tengas un par de calcetines limpios cubriendo tus pies. Una persona se delata sin quererlo ante otros por el olor de sus pies, no lo olvides; no te preocupes por tallar demás tus dientes; tienes dientes hermosos, alineados como dos filas de soldaditos esperando una orden superior, no los descuides ni permitas que se vuelvan amarillos y rebeldes.
Recuerda respirar antes de tomar una decisión importante, las decisiones pueden conducirte a caminos lúgubres o a valles soleados, tú escoges, así como escogí yo todo el tiempo. Seguramente papá te mantiene encerrada en la habitación de la chimenea. Estoy seguro que delante de ti hay un plato con sopa fría del desayuno y un vaso de plástico con agua del grifo, que mamá te dejó antes de lanzar una mirada reprobatoria y entre sollozos cerrar la puerta, acandando la salida. Sabes que me gusta jugar a no ser entendido, esa palabra no la encontrarás en el diccionario, es nuestra, de nadie más.
Pequeña, seguramente estás angustiada. No temas, no te pasará nada, con mi muerte he cerrado el ciclo del que tanto huíamos, ahora a ti te toca algo menos colérico, si tienes suerte saldrás de ese encierro algún día. Podrás nadar de nuevo y arrojar rocas a las colmenas más grandes. Arranca algunas flores por mí, no permitas que el jardín crezca tan hermoso, ni que las aves aniden en nuestro huerto; pero lo más importante, no trates de alcanzarme, a ti te tocan cosas mejores, las mereces. Estuve convencido de eso cada mañana que despertamos juntos. Te ama en todos los tiempos.
Tu hermano.

ii

La puerta de la habitación calló con un ruido seco. Cuatro hombres adultos entraron casi al mismo tiempo y se lanzaron sobre el cuerpo que yacía en la cama. Ocho manos lanzaron golpes con frenetismo salvaje hasta que la sangre ya no podía contenerse en la cama y se abría un caudal hasta el piso. Levántate, ordenó una voz autoritaria. No puede levantarse señor, está muerto. No, no puede ser que esté muerto, esta escoria no tiene ese privilegio. Cuatro manos alzaron un envase de huesos resquebrajados que parecían rechinar al mínimo roce. Mírate, hijo de puta, dijo la voz autoritaria, esto es poco de lo que mereces. Señor, tenemos que llevarlo a la sala, ahí decidirá qué hacer con él después de que lo revise el médico. Llévenselo, se escuchó dentro de la habitación. El sonido de los golpes aún se repetía en el eco y no pretendía cesar. El corazón del muchacho no soportaría más interrupciones.

iii

Cuando regresaba de casa de mi comadre Teresa, ya estaba muy entrada la noche, así que caminé sin distracción derechito a mi casa. Nuestro pueblo es chico y muy seguro, aquí jamás pasa algo que valga la pena, entonces no me dio miedo andar solita por los callejones. Mi comadre estaba muy decaída, su marido no regresará del otro lado hasta diciembre y mi comadrita ya lleva dos años sola. Desde que murió su hijo, mi comadre se fue al fondo. Jamás se quitó el luto y dejó que su cuerpo envejeciera como la fruta que se echa a perder sobre la mesa en tiempos de calor. Es más chica que yo y parece mi mamá, me da mucha pena por ella. Pero nomás no entiende. Y además con esa condena que le tocó, la verdad es que agradezco a diosito que no me castigara con una hija como la que tuvo mi comadre, ya ni le digo ahijada porque dejé de quererla hace mucho, ya no es parte de mi familia.
Pero acabó donde tenía que acabar, encerrada para siempre en aquel lugar, ahí está con sus semejantes, mujeres y hombres de mente perdida. Mira que causarle tanto dolor a su mamacita santa y a su papacito, esa escuincla lo tiene bien merecido. Ojalá no la dejen salir nunca de ahí, yo entré una vez porque quería hablar con ella, hacerla entender, enseñarle el camino, pero la niña estaba muy mal, hasta escalofríos me dio, hablaba con las paredes y las plantas y se levantaba el vestido para enseñar sus braguitas todas sucias y manchadas por la pipí y la tierra. A veces se arrojaba al piso y gritaba majaderías contra sus papás, a mi compadre por haber matado a su hermano y a mi comadre por no haber hecho nada para evitarlo. No sé qué salió mal con ella, de chiquita parecía toda una damita, hasta pensé que llegaría a ser importante, como reina de la primavera del pueblo o que se volvería maestra o algo así, pero no. Nadie sabe de quién es la culpa cuando un hijo sale mal, perdido. Dios debe tener sus elegidos hasta para ello. Ahí está bien esa niña, encerrada. Donde no pueda causarle más daño a mi comadre Teresita. Pobre de ella, ya ha sufrido mucho y nadie se compadece. Ah, mi comadrita.

iv

Parecía una lucha para demostrar a quién le pertenecía más de la otra persona. Eran dos cuerpos que embonaban a la perfección. Cada mano presionando suficiente como para hacer daño, sin hacerlo. Sobre ellos se había formado una nube pequeña de vapor azul que humedecía sus cabellos y perlaba sus frentes. Sus rodillas se anclaban sobre el colchón y sus manos marcaban senderos sobre las sábanas. Extendían sus pechos abriendo los pulmones al aroma completo del otro amante hasta que no cupiera nada más dentro de ellos. Entonces dentro de sus muslos crecían plantas y morían insectos aplastados por el peso de una pasión escandalizadora que hervía como el agua para café.
Hasta que el último aliento se elevaba sobre sus rostros y se confundía con las grietas del techo tejiendo una red de seda y algodón que olía a manzana de caramelo.
-Te amo.
-Yo también te amo hermano.

Juan-Arturo Ochoa

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