jueves, 6 de agosto de 2009

Notas inconclusas

La enfermedad llegó de pronto, y su efecto fue tan devastador para madre como fue para nosotros. Ver a mi madre, la mujer que me parió, que luchó contra incontables horas de dolor para que mi escuálidos cuerpecillos pudiera relucir ante una luz ácida, incontable, siniestra por su falsedad, mitad vivo, mitad cubierto de material fétido, ha sido el momento más impactante para mí y para toda mi familia. ¿Qué cómo lo hemos tomado, doctor? Yo he sido el primero en enterarme; no he llorado. Más bien he pintado una cara bobalicona de pesadez, de un golpe directo pero bien recibido, y me he resignado a adoptarlo como propio; he sentido la inminente necesidad de ser fuerte y conciso; de parecer un eslabón infranqueable, incorruptible. Mis hijos lo necesitan: ellos son jóvenes, inexpertos. Han vivido poco, y ciertamente no están para tomar a su abuela en brazos, para conocerla de ésta manera, creo necesitar protegerlos. Si usted la viera, doctor. Su cuerpo ya nada más aguanta el peso de una playerita gris, viejísima, que ella jamás usó en sus buenos días. Le diré con cierta melancolía que la odiaba, si he de serle sincero, pero es cómoda. A ella le hace bien; a su cuerpo le hace bien; a sus inexistentes músculos le hacen bien. Pero mis dos hijos… Lucas tiene 16 y Jessica, 9. Yo he de cuidarla, doctor, soy el responsable. Para ello, he empezado a ser yo el que alimenta a mamá. Todas las mañanas compro un frasquito de procedencia dudosa en una farmacia un tanto familiar (¡Pero que ironía, doctor!), camino con un pasito tembloroso hasta el final de la casa, surcando las calles que dan a los demás cuartos, subiendo las escaleras en caracol, pero mis pasos son temblorosos solo para mí. Me duele, doctor; cada noche repito la ecuación, y al terminar, en aquel momento que no es vigilia ni sueño; ni consciencia ni saber, lloro en silencio con la imagen de mi madre escuálida y divergente, con un rostro estirado y cadavérico que no parece el suyo…y esos ojos… Esos ojos, doctor, son de una persona que ya se ha rendido; de una muerta. Verá, yo no tengo relación consanguínea con la señora grande, con la patriarca de la familia, si hemos de decirlo así. Yo tan solo soy la esposa de Alberto. Lo cierto es que tiene una mirada tal, que pareciese que no reconoce ya lo más mínimo. ¿Usted sabe? ¿Aún puede conocer la realidad? No se, no importa; no me diga, doctor. Sino puede, sería mejor; un destino de hermosa ignorancia es preferible al saber su condición; el vivir en la ignominia total, escondida en un cuarto que da justo al rincón más periférico de la casa, la última piedra del patio, por así decirlo, en donde ella puede vivir abajo, en la sombra, sin conocer o tocar el mundo exterior; un mundo que la apedrearía porque simplemente ya no puede competir en él. (Pero que horrible metáfora, doctor; disculpe usted. Jamás suelo ser así). Es, literalmente, un vegetal, no en el contexto médico, claro está (contrario a las afirmaciones de la señora, no soy una tonta: sé lo que es el estado vegetativo): no está en coma. Pero respira y gime, doctor; agita sus manitas débiles cuando tiene hambre, pronunciando palabras intangibles, ásperas, como el sonido de un puerco antes de morir ( ligero silencio). Y sus brazos: de ellos, que ya son flaquísimos, cuelga lo que antes fue músculo y ahora es solo una extensión de piel, flexible y flácida. No se doctor, no es cariño lo que me hunde en éste sentimiento; no es cariño lo que me obliga a hablar con usted, con la débil esperanza de que atenúe mi ansia y desenrede mi subconsciente (¿se dice así, doctor?, ¿subconsciente?); es algo más escurridizo, algo más tenue que se agita por ahí, como ella se agita cuando apagamos las luces de noche, y oímos sus gritos chirriantes y …fingimos dormir… porque mi abuela, doctor, chilla como loca. El frenesí agita a toda la casa. Cuando ella llora estentóreamente, todos nos quedamos callados un momento, tan solo un momento, como si esperáramos que algo pasara. Pero luego se calla, doctor. No tarda tanto; yo supongo que su cuerpo ya no lo permite. ¿Se lo imagina? El cuadro de una garganta seca, abatida, anciana que ya no puede sostener ni un grito decente. En fin, cuando se retuerce y gimotea, todos nos callamos, esperando algo, no sé que, pero algo, hasta que alguien cambia de tema, hasta que mi padre halaga el sazón de mi madre o yo sigo comiendo o haciendo la tarea. A veces simplemente subo el volumen del televisor; sí, eso ayuda. La verdad no me gustaría estar así, en su posición. Su cuarto guarda más parecido con el ático (¿Cuándo empezarán a apilar cajas ahí? ¿Cuándo la meterán a ella a una caja? ¿El cartón atenúa el sonido, doctor?; ¿se oirá menos de noche?). Me imagino la escena así, con mis fríos padres diciéndoles a los fornidos hombres de mudanza que coloquen las cajas por allá, al final del pasillo sin iluminación, que desciendan hacia el sótano por las escaleras de caracol, y lleguen a un cuarto. A la vieja, no le presten atención; es más, les pagaremos extra a quien la meta en una caja, a quien se atreva a tocar su huesudo y asqueroso trasero. Porque rara vez la bañan, doctor; no han querido pagar enfermeras, y el baño de esponja es complicado, más bien asqueroso. Se tiene que cargar a la abuela y luego recorrer su cuerpo (que ya no es mucho) con una diminuta y ridícula esponja de juguete, con agua y jabón, todo perfectamente desinfectado. No es algo grato; mi padre se obstina en hacerlo, aunque no tan a menudo como debería; tal vez así su cuarto no guardaría una pestilencia tal.
De ella, con mis amigos casi no he hablado. Es un tema oculto, tan oculto como está físicamente, en la última habitación de la gran casa. Pero a todo esto, ¿puedo irme, doctor? Es tarde, y tengo cosas que hacer y la más pequeña no ha querido venir; espero no sea necesario. Bien, que se quede en casa. Después de todo, alguien debe cuidarla; alguien debe alimentarla en mi ausencia. Bueno, he de decirle que en ésta última semana, no ha pasado gran cosa: su enfermedad, siendo crónica, evidentemente ha avanzado, pero era algo que ya se esperaba. Al menos físicamente, doctor, no notaría cambio alguno; sus huesos ya de por sí eran lo mínimo que un cuerpo puede albergar. Dígame ¿qué cambio habría de existir? Es imposible que se encojan más; que la poca grasa que aún la mantiene viva se viera aún más nimia, más intangible. Ciertamente, más que imposible es ridículo.
Han pasado cosas extrañas en casa. Nuestra familia… se ha unido más. Si, doctor, unido. A veces creo que hay momentos de inconsciencia total, donde dejamos de preocuparnos por ella, donde dejamos de conocer toda existencia. Imposible explicárselo: ayer, por ejemplo, nos encontrábamos comiendo un suculento cordon blue, cuando se oyeron sus gritos. Al principio, como es natural, nos helaron la sangre: su berrido infernal caminó lentamente por la piel, por la espina dorsal de cada uno de nosotros, y dio una fuerte estocada para terminar; nos quedamos en silencio, sin dignar a mirarnos, como si tal intercambio fuera un pecado inconcebible, pero cuando finalmente lo hicimos, hubo cierta paz. Fue un estado único, totalmente privilegiado, como el de un filósofo al encontrar la última causalidad. Y entonces sonreímos, doctor, nos miramos con una felicidad que hasta entonces nos parecía desconocida, y terminamos de comer en silencio, siempre en silencio, pero con un sentimiento de calidez y pertenencia.
Pero que cosas, doctor; que pensará de mí. Tal vez fuese mi imaginación; tal vez, cuando pasen mi esposa e hijo el digan que no, que aquello no pasó, que tras el chillido de la moribunda no hubo más, y eso sería lo correcto. Ya comemos juntos. Pareciera que el fin común de todos es evitar a mi abuela, o tal vez a su representación: es una cosa inconsistente, intangible, tan irreal como la vieja escondida en el ático. Ha sido nuestro punto, doctor: el común denominador. Hacemos los deberes juntos, salimos al cine, como una familia normal, pero ahí, en la fila, a punto de comprar un refresco grande pienso que todos los presentes tienen sus viejos secretos a punto de morir, ¿No es así, doctor? Todos ellos poseen a una vieja inválida, que debe ser bañada con esponja, que son incapaces de tocar, al sentir su arrugada piel bajo sus palpitantes dedos. Y entonces somos felices. Entonces caminamos con ignorancia entre las filas vecinas, y sonreímos con ellos, entre ellos. Que satisfacción, doctor, que deleite conocernos unidos por un bien común que aquel viejo problema logró crear. Ojalá siempre fuera así, pero temo su ida, porque bien podría ser que aquello fuera nuestra imaginación, pero si es meramente nuestra imaginación lo que respalda nuestro creciente amor, por mí está bien. Que aquello fuera el epítome de la hipocresía, de la felicidad falsa, pero existente; que fuese la vida, y nosotros la muerte, doctor; temo profundamente que mi abuela tenga la razón, que sea una burla para enfrentarnos a la realidad que ella esté en la casa, y nosotros en el último cuarto, ocultos sabiamente bajo una luz crepuscular; cubiertos, junto a los objetos perdidos. Temo, sobre todo, que desistamos simplemente de esto porque entonces cuando mi madre muera, cuando deje de existir no habrá pretexto ni oscuridad, y nos veremos obligados a enfrentarnos cara a cara, nosotros mismos, sin gritos ni pretextos, y no sabremos que hacer entonces nosotros moriremos, tal y como ella ha muerto, como ella ha aceptado ya y somos nosotros los que debemos morir, solo que aún no tenemos la fuerza para saberlo y tras la cortina de oscuridad; al terminar la infinita escalera de caracol, ¿Qué nos depara? Probablemente nada, una nada que ya es nuestra y que solo nos aguarda ahí, en la puerta de nuestras propias tinieblas, deseosa de que la conozcamos.
César A. Valdés

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