jueves, 20 de agosto de 2009

Quémala, por favor. Por César A. Valdés

Para cuando la señora obesa de largo vestido con flores amarillas había logrado prender el fuego, el tosco frío conocido en la ciudad ya había logrado atravesar la gran puerta del vagón. Por fortuna la señora del vestido de flores había propuesto la fogata hace horas, precavidamente argumentando que era la línea más alejada del metro, la más remota, y que las pesadas herramientas y la constante fatiga humana demorarían al personal al menos hasta la mañana siguiente, y aunque la joven del vestido verde y botas había intentado tomar el tiempo al principio, todos se habían rendido ante la relatividad de un tiempo así, de un tiempo entre cuatro paredes y a oscuras, donde lo único real parecía ser aquello que sus sentidos inmediatos podían deglutir. Del fuego, decidieron hacer una comisión; solo dos hombres – el de saco negro y zapatos lustrados, que parecía recién salido de una alta junta de ejecutivos, aunque a éste pensamiento todos se preguntaban que hacía en un metro, y el otro, un tanto más joven, un tanto menos curtido por responsabilidades y más bien llevado por deseos, tatuajes y playeras de manga corta, con pulseras como fin- saltaron olímpicamente la encomienda, agarrados toscamente a la esperanza de un rescate milagroso y pronto. Se había construido en el centro, en parte para que alumbrara la estancia lo más posible, rodeado de frío metal, instrumento precario e ingenuo para su contención, pero daba luz a las cosas. Por fin, después de tantas horas, pudieron darse una imagen más convincente de su alrededor, del cómo las voces en la obscuridad embonaban perfectamente con sus recipientes humanos, del cómo el dulce pero fuerte timbre de la señora del vestido floreado cabía exactamente en su molde, como si la resonancia hablara por sí sola; de cómo la naturaleza gutural y tosca de la voz solitaria del rincón (¿cómo saber que era del rincón a ciencia cierta? Era todo cuestión de una imaginación basada en la resonancia, en el rebote de ondas por los asientos y los tubos y que acaso dibujaba en aquella oscuridad un torpe mapa mental) era totalmente contundente con el joven con barba de candado y playera corta, un pantalón de esos llenos de bolsas, casi estilo militar y unos tenis viejos y horribles. Aquella simple vista les había enviado un alivio más allá de su comprensión; liberaba cierto temor difuso, inconstante, como de una mancha escurridiza o un cuadro de Pollock. Pudiéndose conocer por fin, los nombres sobraban; no había más reconocimiento que el rostro mismo, que el cuerpo, que cada uno de sus traumas, de sus curvas. De todos ellos, se asombraron de no encontrar ningún herido grave; la enorme inercia del jalón del vagón dejó tan solo un montón de moretones, acaso con uno que otro hilito de sangre, un ojo morado, pero nada más.
La joven del vestido, al principio, insistió en llevar de nuevo el conteo del tiempo, pero su idea fue desechada al instante. La preocupación principal era, según todos, el mantenimiento del fuego. Además, todos sacaron su comida; se juntaron unos cuantos chocolates, M and M´s, hershey´s, dos paquetitos de galletas –uno abierto ya- y otras marcas más dudosas, refrescos, agua embotellada, y un manojo de un montó de dulces de marca dudosa, provenientes probablemente del metro mismo. Para eso de las 4 horas (a cálculo desnudo, pues la propuesta de la joven del vestido no fue aceptada), comenzaron a racionar fieramente las provisiones.
-Hay que cuidarla bien, señores, no sabemos cuando seremos rescatados –recalcó la señora del vestido.
Todos asentían ante tal despliegue de moderación, ante tal conocimiento de la vida. Solo la dulce joven del vestido verde miraba cada chocolate turbando ligeramente los labios, abriendo sus ojos negros de par en par, con la ingenuidad de una niña ante algo inalcanzable, ante dulces guardados en el último peldaño de la cocina o un frasco de galletas, precediendo a la comida.
Después de dos horas más, el fuego comenzaba a tintinear, reflejando horribles sombras sobre todo el vagón. La señora del vestido los miró casi con terror, y todos reconocieron su pensamiento, adivinando el dolor que sería regresar al oscurantismo previo, a tener que recorrer el lugar a tientas y desconocer a sus inquilinos. El hombre de barba de candando gritó que aquello era imposible, que él no volvería a andar a ciegas, y el hombre de saco negro le dijo que se calmara, tocando suavemente su hombro derecho. Para cuando el primero se había sentado, la señora del vestido había ya hecho un excelente plan: habrían de quitarle los forros a los asientos, que esperaban no fueran sino de una mala imitación de piel, y que aquello y su relleno blanco pudiesen servir de combustible un poco más; además, todos sacaron sus papeles. Al centro fueron arrojados, ya no periódicos como la primera vez, sino pañuelos desechables, libretitas de teléfonos y uno que otro papelito insignificante. A la hora, el esposo de la señora de vestido, quien llevaba una boinita café, tomó la iniciativa por primera vez. Tenía hambre, y quería un poco de los chocolates y galletas que habían juntado. Decidieron repartir la primera porción. A cada quien le tocó un pedazo de chocolate, una galleta, tres o cuatro M &m´s, y un dulce de los de las marcas irreconocibles y, seguramente, baratas. La joven del vestido verde miró encantada su porción de chocolate, comiéndosela de una sola mordida, para sorpresa de los presentes; todos la miraron con una mezcla de mudo reconocimiento; de alegría casi familiar.
-Vaya niña- dijo la señora del vestido floreado- eso sí es tener hambre-.
Ella respondió, apenada, que venía de la universidad, que no había comido, bajando la cabeza levemente. Entonces el hombre de saco negro le ofreció un trozo de su chocolate, el cual ella aceptó con un tenue gracias, igual de apenada que antes.

Al poco tiempo después todos se habían quedado dormidos, formando una especie de nido poco diferente al de las ratas que habitaban afuera en las vías. La cabeza de la joven de la falda verde rozaba con el hombro del hombre de saco negro, y éste a su vez estaba recargado en la pared. La mujer del vestido floreado dormía a sus anchas junto a la fogata, abrazando a su esposo, quien se había quitado la boina, y la había puesto sobre uno de los esqueletos sin forro que antes pretendía ser un asiento. El otro hombre, el del pantalón lleno de bolsas, había hecho suyo el lado del vagón que daba al siguiente, usando una chamarra de no sabía quien a manera de cobija. Al amanecer, apagaron el fuego, notando que tenían pocas provisiones que pudiesen avivarlo más tarde, que aquello no duraría más de una hora tras ser encendido. Esperaban que los rescataran antes de la noche, pues. La mujer del vestido comentó que aquello ya había tardado demasiado, y todos asintieron, viendo en los ojos de los otros una muda aceptación ante la esperanza del moribundo. El hombre del saco habló sobre un posible descarrilamiento, o tal vez un incendio; incluso llegaron a imaginarse la destrucción del mundo exterior. Después, la segunda ola de comida vino, y ésta vez todos la comieron apresuradamente, muertos de hambre. El lugar apestaba a sudor, a concentración de calor. El hombre del saco se lo quitó, desabrochándose dos botones de su negra camisa; la mujer del vestido con flores, algo obesa, tomó su mano a manera de abanico, y moviendo todo su largo brazo, se dio aire como pudo, al compás de varios pliegues de carne danzando de lado a lado. La joven del vestido verde simplemente se sentó junto al resto de la fogata, mirando el suelo, jugando con los ligeros dobleces de su falda. Finalmente, la noche llegó, y prendieron la fogata, con sus últimos papelitos. Tras una nube de visión pobre, todos se miraron con un sórdido fatalismo, con un temor total, pensando que aquello rebasaba su límite del tiempo, que en efecto el contar todo era imposible, banal, y que aquello tardaría más de lo esperado; tal vez, pensaron, incluso no sobrevivieran. En el rostro de todos se notaba el miedo, manifestándose en diversas y variadas formas, pero todas con su tronco común: la joven del vestido verde jugueteaba con la bolsita que colgaba de su hombro derecho, y con una voz familiar y amable, casi en un intento desesperado de romper el silencio, de oír la voz del otro antes de llegar a las tinieblas, la mujer del vestido con flores le preguntó algún detalle de su vida, en un gesto empático que devolvió a todos la humanidad, al menos por unos pocos minutos.
-Dime, jovencita, ¿Nos decías que vienes de la uni, verdad? – Preguntó la señora obesa, haciendo una pausa en su torpe abaniqueo – te ves agotada. ¿Qué estudias?
La jovencita sonrió, mientras le respondía, con un tono tímido y discreto, que no, que venía de la escuela.
-Estudio Comunicación – admitió, llevando ambas manos a su boca, a fin de ocultar un bostezo que estaba a punto de emerger y que le pareció un gesto grosero en aquel momento de intimidad.
-Vaya vaya, si tenemos una universitaria entre nuestras filas, señores- dijo ella, y dirigiéndose a su marido, le preguntó – Se parece a nuestra hija. ¿Verdad que sí, José?
A toda respuesta, el hombre movió la cabeza en un gesto que con mucho esfuerzo podría ser traducido como un movimiento afirmativo, de corroboración, mientras tomaba a su vez su boina café para usarla de abanico, imitando a su mujer. Cuando ésta se dirigió nuevamente hacia la jovencita, José le espetó una mirada furtiva a la joven, justo en el momento en que ella sonreía nuevamente.
-¿Tiene hijos, señora?
-Si, tengo una hija. Más o menos de tu edad, niña.
- ¿Qué hace? ¿Estudia la universidad?
La señora se quedó pensativa por un instante, y tras quién sabe que pensamiento furtivo le respondió que no, que su posición no estaba para eso, mientras sentía el cuerpo de su marido haciéndose hacia adelante, a fin de prestarle más atención a la joven.
-Debe de costarte bastante trabajo estudiar, ¿No es así, niña? – Le preguntó de pronto la señora, con cierto esfuerzo- Digo, con estos tiempos…
-A decir verdad, no, señora. –Dijo ella, en aquel tono que no es ni culpa ni vergüenza, queriendo ser sutil en sus palabras- Mi padre es director de cierta área de una empresa grande.- Y agregó casi a manera de respuesta- Vaya, no somos ricos, pero nos va bien.
La señora del vestido no dijo nada.
-En mi casa se hace lo que yo digo, hija- le confesó de pronto la señora obesa a la joven , momentos antes de caer dormida– No es que sea mandona, no. Muy al contrario, conozco de la vida. Eso te falta, experiencia. Es algo que la escuela no da ¡Y eso que yo estudié hasta la primaria! Es que mi madre ha sido pobre, y sufrimos. Si, hija. Tu aún no has vivido eso. La vida, lo duro de ello. Ya te tocará, supongo. La vida es dura. ¡Ah, si yo hubiera estudiado! Pero no se pudo. Mi padre murió cuando yo era una niña – ante el silencio de la joven, ella prosiguió- ¡La vida es dura, te lo digo, hija! El mundo es duro, pero no mi casa. Ahí, mi hija siempre estará segura. Cuando el mundo le golpee en la cara, siempre tendrá los brazos de su madre. Vaya, como me hubiera gustado haber estudiado. Pero durmamos ya, niña. Nos esperan días difíciles. Mañana, creo, ya las puertas se abrirán y el mundo nos llegará de nuevo. ¿Aceptarás una invitación a comer? Vaya, en nuestro humilde hogar, que seguro NO se compara al tuyo, pero bueno. Así conocerás a mi hija. Tal vez le puedas presentar algunas de tus amistades. No, no pasará nada, niña. Yo te cuidaré, tal y como lo hago con mi hija.


La señora se despertó de pronto, notando el frío sepulcral que se alzaba a su izquierda. El espacio de José estaba vacío, y en su lugar solo quedaba su boina. Palpó su lugar, pero no encontró rastros de él. Adormilada, se apoyó silenciosamente en uno de los asientos desnudos que estaban a su derecha, y se irguió. Después de todo, su esposo no podía estar lejos. Fue ahí cuando lo vio. Contoneado por el suave fuego que apenas ardía en el centro del vagón, las dos figuras estaban entrelazadas a apenas escasos metros de ella; ambos parecían devorarse. Las manos, entrelazadas, hacían notar la vejez de una y la jovialidad de la otra. Apenas pintado por la poca luz, el rostro sin boina besaba apasionadamente a un cuerpo cuyo fin era un vestido verde, alegre. Se detenían cierto tiempo para verse; luego, con renovado interés, se volvían a perder en silencio, en aquel cementerio de cuerpos dormidos, de sueños muertos, en donde, a todo testigo, existía un fuego crepitante a punto de fenecer y una mujer que lloraba en un rincón, más de rabia que de tristeza.
Después, todo pasó rápidamente. La mujer obesa vestida con flores se alzó violentamente.
-¡Perra, maldita perra! Me traicionaste. ¡Lo sedujiste!
Ante tal furia incontrolable, ante tal volumen de carne e ira, los manotazos de la joven fueron tan banales como sus intentos de explicación, como sus gritos que decían que él había comenzado todo.


Las manos y zarpas corrieron entre los barrotes, se abalanzaron sobre la joven. Se oyeron rasgaduras de vestido y golpes animales; una desgracia atropelladora cuyo único fin era la justicia animal; el bestiario de lo quijotesco, de lo irreal, pero que entonces quedaba perfectamente entre aquellas paredes donde lo humano era innecesario, torpe; tan ilusorio como la esperanza o el tiempo. Para cuando la luz regresó sin previo aviso, y el vagón continuó su marcha de una forma autómata, fatalista, ya no quedaba nada que hacer. El metro reanudó su marcha hacia la última estación y cuando la luz regresó, ya los espantados pasajeros se habían despertado gracias al estruendo. Vieron aún vestigios de la pelea. Ciertos golpes contra el vidrio, la delicada cabeza de la joven teñida en sangre. Todos fueron testigos de ello con impotencia alienígena, sin hacer absolutamente nada, mirándose de reojo, esperando que el otro actuara. La brutalidad era innegable, pero incluso el esposo, con lágrimas en los ojos, se hizo a un lado, y todos los presentes formaron un círculo alrededor del evento. Al terminar, finalmente el hombre del saco se acercó hasta la joven, palpando su cuello.
-¡Pero qué ha hecho! ¡Está muerta!
Entre jadeos, la señora les argumentó que lo merecía, que era lo que recibían ese tipo de mujeres y ante la mirada atónita de todos, les gritó:
-¡Además, no tienen derecho a decirme nada! Todos fueron testigos, pudieron haberlo impedido, pero no hicieron nada.
Todos se mantuvieron en silencio, hasta que el joven de pantalones militares, agitando sus manos, le dijo al esposo que aquello era su responsabilidad, que él debió haberlas detenido.
-¡Cómo si les fueran a creer! – Gritó la señora, aún respirando como un asmático tras correr un maratón- todos son culpables. Decidan. ¿Iremos a la cárcel, o que?
-Bueno… -dijo de pronto el hombre de saco- yo tengo una hija pequeña y un negocio que va bien. ¡Además, no hice nada! … La verdad, ni vi bien lo que pasó. Estaba tan oscuro.
-Y yo- argumentó el joven del pantalón militar- yo creí que la detendría su esposo, maldición.
De pronto, con resolución asesina, la señora intervino.
-¿Y creen que la policía les creerá eso? No, ellos no lo entenderán.
Todos se miraron con ojos de secuaces, de hermandad. Como si aquel hombre fuera el vocero de la comunidad de espectadores mudos, de cobardes justificados, el joven de pantalón militar le preguntó a la señora su sugerencia, y ella respondió.
-Quémenla. Sólo quémenla, por favor. Quemen todo. Nadie sabrá que nosotros subimos con ella en éste vagón. ¡Nadie lo sabrá!
Los hombres cargaron el cuerpo sin vida de la joven, arrojándolo a unas brasas moribundas, prendiendo también los pocos objetos que podían ser usados como combustible aún. Mientras el vagón llegaba hasta la última estación, el vestido verde de la joven se deshacía lentamente. Del fuego, ya no emergía calor; solo un frío y gris humo que chocaba contra el techo del metro. Cuando por fin las puertas se abrieron, nadie notó el incendio. Todos ellos salieron del vagón para reunirse con sus vecinos y con una humanidad olvidada, con un total asombro leyéndose en sus rostros. Nadie se había sentido capaz de aquello, pero no había vuelta atrás. Ellos habían tomado su decisión ya, al intentar no hacerlo, al evadir su responsabilidad de hombres. Todos caminaron fuera del vagón, aturdidos, empapados en sudor y cenizas, para abrazar una luz que no provenía de ningún fuego y que era meramente artificial.

César A. Valdés

domingo, 9 de agosto de 2009

Quémela por favor. por Juan-Arturo Ochoa


A Don Lucio le gustaba mucho el viento. Apenas sentía un soplo en la nuca y se quitaba el sombrero para dejarse despeinar por las ráfagas silenciosas, después suspiraba y emprendía el regreso a casa. Me parece que a los hombres resignados como él, las cosas que se mueven por sí mismas son sumamente hermosas, tal vez porque saben que en ellas no existe la tristeza que causa la pasividad o peor, la impotencia que trae consigo el estatismo.

Debo confesar que nunca aprobé lo que le hacíamos a ese hombre, sin embargo lo tenía que hacer, o por lo menos era necesario para formar parte del grupo. Yo era un vil hijo de puta por eso. Cada mañana, cuando despuntaba el sol, Don Lucio ensillaba a su mula y cabalgaba hasta su parcela, ahí revisaba tallo por tallo de maíz en busca de algún error: Cualquier hierba mala era arrancada, cualquier plaga era eliminada. Año tras año, a mediados de marzo, recogía la cosecha entera y la vendía, guardándose unas cuantas mazorcas para sobrevivir. Así hasta sus 83 años mantuvo estoica tal monotonía. Antes del atardecer el viejo caminaba trabajosamente hasta la parte más alta de su parcela y contemplando el color dorado de su maizal se dejaba cubrir por el viento y sonreía de gusto. Su tierra alimentaba a una fracción de mundo que jamás lo conocería.

Nuestra intención era como siempre fastidiar al viejo, esa noche me tocaba a mí idear el plan que los demás seguirían, intenté ser suficientemente malo y original para ganarme su aceptación. “Vamos a meternos a su casa y le chingamos la silla de montar” dije, creyendo que sería suficiente. A mitad de la noche brincamos la cerca de madera y nos seguimos de largo hasta el establo, tres de nosotros tomamos la silla de su base, mientras los demás nos cuidaban. La arrojamos a un pastizal fangoso donde no podía ser encontrada, después nos repantigamos satisfechos y ocultos frente a su casa, esperamos el amanecer.

Sus ojos se volvieron un pequeño reflejo de agua. La confusión fue más grande que la ira o el enojo. Se limitó a levantar la mirada al cielo aún negro y suspiró. Trepó con dolor sobre el lomo del animal y pensó en su maizal. Su mirada recuperó un poco de esperanza.

“Esta noche será diferente, el pinche plan de ayer no le hizo nada al viejo” dijo el más obeso del grupo. “Ese Don Lucio ni se lo espera, ya quiero ver su cara mañana que salga el sol” dijo el que estaba justo a mi derecha. En aquel momento por mi mente sólo pasó una pregunta: ¿Cómo lo hacemos sin despertar al viejo?

La puerta de la casita se abrió con un silbido, Don Lucio tomó su morral, su machete y su botella de agua; un coro de grillos parecía seguirlo mientras quitaba el rocío de las plantas al caminar junto a ellas, había tenido un mal sueño, la lechuza se postró cantando toda la noche sobre el flamboyán vecino. Malas noticias seguramente, sólo que no esperaba recibirlas tan pronto. Su morral dejó escapar la botella de agua, que con la caída se abrió, al girar, derramó el líquido justo donde tendría que estar su mula. Había huellas marcadas en el suelo. Un trozo de cuerda y un surco que conducía desde sus pies hasta la puerta. Por ahí la habían sacado, a rastras. ¿Quién será más animal? Pensó Don Lucio mientras apretaba el puño con toda la fuerza que le quedaba a sus dedos. Esa mañana no alzó la mirada al cielo, no recogió la botella, ni falto a trabajar.

Aquel día se tardó una hora más para poder llegar hasta su tierra, las hojas continuaban verdes y tiernas, el suelo parecía evaporarse, caía plúmbeo sobre las plantas un sol ardiente. La espalda del anciano se había entumecido un poco y la nuca le escocía demasiado. Gruesas gotas de sudor resbalaban desde sus sienes hasta el algodón de su camisa, notó que los pies temblaban bajo su peso, se sentó un rato sobre la piedra que tenía menos apariencia de eso y se enjugó la frente. De pronto como si alguien o algo lo hubiese escuchado, los altos tallos de maíz comenzaron a mecerse, Don Lucio feliz se quitó el sobrero para dejarse seducir por el aire refrescante, pero en lugar de la caricia acostumbrada, el golpe de un tronco grueso y pesado le hizo perder la razón, su espalda se arqueó de dolor, mientras enterraba las uñas en la superficie caliente del suelo, el maíz comenzó a volverse borroso y gris. Nos asustamos, nos asustamos mucho, esta vez se nos fue la mano lo sé. Sólo que nos dejamos llevar, el viejo parecía no sentir nada, por lo menos dolor físico o algo. La idea no fue mía, yo ni siquiera lo toqué, bueno, cuando lo cargamos hasta su casa sí. No pensé que un cuerpo pudiera ser tan liviano, era como cargar a un niño, puse mucha atención a los sonidos de su cuerpo, por si algo sonaba en su interior, si un hueso se rompió debe de sonar al moverse como una piedra en una lata. Aún me da vergüenza esta lógica.

-Don Lucio, Don Lucio despierte por favor, no queríamos hacerle daño- dije.

-No se muera Don Lucio, le devolvemos a la mula sólo se la escondimos- rogó otro de mis amigos. Recordé que había una sola cosa que el hombre puso ante todo a lo largo de su vida.

-Don Lucio quiere que haga algo por usted, quiere que haga algo con su parcela, dígame- le rogué cada vez con más angustia al ver que el anciano no se movía.

Lentamente abrió la boca, un hilo de saliva se rompió con el aire que formaban las palabras: “Quémela por favor.”

Varios no entendimos el sentido de su acción, pero ese día, mientras el maíz se volvía ceniza y una columna de humo negro se erguía hacia las nubes, Don Lucio logró descansar, porque el alma de su tierra se levantó hasta donde estaba su corazón, justo por encima de las montañas, donde al fin podría viajar con el viento y conocer otras tierras. Sitios tan grandes como cien parcelas cubiertas de sol. Don Lucio cerró los ojos satisfecho y no los volvió a abrir.

sábado, 8 de agosto de 2009

Tras de ti duermen las estrellas.


Me da gusto que hayas aceptado venir a pesar de los años que no nos hemos visto, y más después de todo lo que nos pasó. Dirás que soy un necio pero creo que la decisión que tomamos en aquel momento, la de no vernos, fue acertada, aunque no quito el dedo del renglón, igual que entonces, de que es una de las decisiones más absurdas que pudimos tomar. La verdad tenía muchas ganas de platicar y si no fuera porque lo que quiero hablar es de gran importancia, aunque quizá a nadie más le interese, no te hubiera llamado para vernos y seguiríamos siendo consecuentes con aquella decisión. La cosa es que hace un par de semanas me encontré con Roberto para hacerle compañía un rato, sigue viviendo en el mismo instituto mental que desde hace diez años. Sé que habíamos hecho la promesa de no visitarlo desde que nos lo pidió cuando se enteró que sus padres tenían la intención de internarlo. Ese día lo recuerdo con particular lucidez, hablaba rápidamente engarzando las palabras como un joyero minucioso. Nos dijo que prometiéramos que nunca lo visitaríamos ya que odiaría que nuestra amistad se viera reducida a esa suerte de ritual que nos esperaba, que prefería morir a ver a sus amigos despojándose de sus convicciones para fingir alternativamente entre que estábamos de acuerdo con lo que él pensaba y lo que pensaba el mundo de sus opiniones. No se podía vivir de esa manera, acabaríamos todos locos. Jeje, y aquí se rompió la taza. Cada quién se fue para su casa, o lo que quedaba de ella. Yo volví a la mía que nunca se repuso del secuestro de mi hermana, tu a la tuya y Roberto a la de la risa, o lo que quedaba. En estos días esas casas albergan cualquier otra cosa que la risa, el mundo está lleno de locos brillantes, salvo en los casos más trillados cuesta trabajo que algo de lo que nos digan nos provoque risa. Yo fui tirando, me salí de casa y la vida me fue poniendo en el camino hacia la ruina, je, tampoco me ha ido tan mal. Ahorita la situación va de perlas, pero dos años después de que nos separamos las cosas no iban nada bien. Por esa fecha me despidieron de la empresa, me deprimí, no digo que no, en aquel momento no tenía ni idea de que andaba tan mal. Tenía la sensación de que solo le importaba a unas pocas personas, que en ese momento ni me veían. La policía había dejado transcurrir el tiempo oficial para declarar a mi hermana muerta y mis padres no lo tomaron bien. Mi padre se deprimió en ese instante, mi madre en cambio decidió que mi hermana estaba viva y que jamás la encontraría. A los dos la vida se les llenó de tragedia, creo que a mí no me importó lo de mi hermana, desde hace años que pensaba que había muerto. Solo pasaba el día sintiéndome un accidente en el mundo, algo sin importancia como una mata de pasto hirsuta creciendo en la soledad del desierto. El fracaso laboral y lo que sucedió ese año en el fraccionamiento, el año en que mataron a mi hermana, me movió a buscar a viejas amistades. Pensé en Roberto pero pude mantener la promesa unos dos años más. En un arranque de compasión decidí que de los accidentes inútiles él era sin duda el más solitario y fui a buscarlo a la casa del escalofrío. No lo pude ver inmediatamente o si lo ví no me encontré con Roberto realmente sino con alguien completamente aislado, hasta se echaba de menos al Roberto de los últimos tiempos, cuando los secuestros, cuando todos teníamos miedo de ir a la escuela y él era el único que creía que no había por qué preocuparse, se mantenía tan tranquilo. Su madre se la pasaba el día rezando y reacomodando los muebles para combatir las malas vibras y alejar la ola criminal que se cernía sobre el vecindario. Roberto la contrariaba todo el tiempo no dejándola entrar en su cuarto y enseñándole libros sobre el espacio y fotos aéreas de la ciudad donde le mostraba como el feng shui era una guerra perdida contra el caos universal. Quizá de los tres yo fui el que vio más de cerca esa ola de homicidios, aunque hay todavía algunos que siguen pensando que fueron secuestros. La policía no tenía información que ligara a los desaparecidos excepto el lugar de residencia o de desaparición que es lo mismo, todos fueron secuestrados por la noche cerca de sus domicilios. Hombres, mujeres, niños, ancianos y hasta un par de bebés. La gente se quedó con la impresión de que los raptos habían sido pocos, como no era este un criminal que se ensañara con un grupo de edad o una preferencia sexual determinados, la gente se limitó a sufrir únicamente los casos que se acoplaran a sus preferencias emocionales del momento. Echamos la casa por la ventana, viajamos, preguntamos, caminamos, visitamos e interrogamos, tú lo viste, pero no logramos encontrar más información que la policía. Unos pocos nos volvíamos locos y otros estaban como Roberto evadiendo las cosas con la mirada fija en las estrellas. Sin trabajo, sin dinero y sin casa nos fuimos a otra zona de la ciudad, no tan agradable como ésta. Al principio Roberto no me reconocía y rara vez hablaba para sólo comentar algo sobre el clima pero tras varias visitas comenzó a tratarme de otra manera. Lo primero que quiso saber fue por qué estaba ahí, por qué la promesa. No me dejó verlo durante varios meses. Finalmente me perdonó y platicábamos frecuentemente sobre los tiempos de la escuela, los de antes de los crímenes, buenos tiempos pero algo no andaba bien en él, una vez me preguntó qué tal estaba mi hermana, si había tenido éxito en la gastronomía. Cuando intentaba explicarle se ponía ansioso y tenía que marcharme. Todo lo fui reconstruyendo yo, Roberto no ayudaba y yo sentía ahora la necesidad de entender todo el tiempo de la escuela, desde el principio había deseado eso. ¡y pensar que fui con Roberto para acompañarlo! Lo visitaba una vez por mes, a veces más a veces menos. Triste rutina. Un día Roberto me llamó, quería contarme algo. Estaba escribiendo un libro, Detrás de ti duermen las estrellas, donde explicaría lo que le sucedió antes del internamiento. Era una tarea para su psiquiatra pero él escribiría dos versiones. No pensaba que su psiquiatra se interesara por lo que él pudiera decir pero seguro que otros lo harían. Como no se acordaba de casi nada le fui llevando información, nombres, fotos. No sé si escribía pero platicábamos las diferentes teorías de la gente de la colonia, Roberto se enfebrecía y afirmaba que él lo resolvería todo, en cuanto se acordara. Le hablé de él, de su indiferencia, de su languidez, de sus ideas raras y de la crisis que había tenido una semana después de que nos hiciera prometer que no lo visitaríamos. Le di la información de la policía. Su colapso estaba en relación a los crímenes, según él los había sentido de una manera mucho más, íntima que el resto de las personas. Eso fue hace cuatro años. A los pocos días volvió a tener un colapso y no pude verlo desde entonces. Me llamó y fui a verlo hace dos semanas. No estaba bien, casi deliraba y era triste verlo fracasar en darle a su discurso un aire solemne, fiable, se había dejado crecer el pelo y se cubría con el casi toda la cara. Es llamativo como los locos gustan de ignorar las normas de etiqueta para rodear de misterio su pensamiento. Contó que durante los primeros meses lo invadió la sensación de saber algo sobre los crímenes, algo que los demás no sabían o, según reflexionó, sabían pero no se daban cuenta de su saber. Se devanaba los sesos, se preguntaba todo el tiempo qué era aquello que se le escapaba. Como no quería que su madre pensara que estaba preocupado igual que ella por los crímenes, y quizá hasta más histérico que ella, mantenía una actitud abstraída e indiferente cada vez que se tocaba el tema en público. Al menos al principio, luego fue real, ya no actuaba y a pesar de dormir en exceso estaba cansado e indiferente todo el día. Su papel se apoderó de él y pronto estaba abstraído y movido por sus convicciones todo el día. Roberto estaba cada vez más exaltado, se había puesto de pie, no estaba completamente seguro pero creía saber lo que había ocurrido, hablaba con dificultad. Se puso a sollozar, dijo que la noche de la crisis tuvo una pesadilla, una pesadilla terrible en que la gente que moría no desaparecía sino que se desintegraba, morir era una experiencia terrible, ahí nadie quería morir porque el que moría se desintegraba al instante y todos lo veían desintegrarse ante sus ojos intentando prolongar penosamente un absurdo gesto vital, no, no se desintegraban, se despedazaban. Se despedazaban. Es casi lo mismo. No lo sé, yo tampoco me encuentro bien. Es horrible. Nunca lo había visto tan desfigurado por la ansiedad, despertó de la pesadilla en el océano de la noche, dijo que era una especie de animal, no lo vio con claridad, solo algo largo tras la televisión que lo penetraba por la frente mientras dormía. No había dolor, solo impotencia.


Castor. 5 de agosto 2009.

jueves, 6 de agosto de 2009

Notas inconclusas

La enfermedad llegó de pronto, y su efecto fue tan devastador para madre como fue para nosotros. Ver a mi madre, la mujer que me parió, que luchó contra incontables horas de dolor para que mi escuálidos cuerpecillos pudiera relucir ante una luz ácida, incontable, siniestra por su falsedad, mitad vivo, mitad cubierto de material fétido, ha sido el momento más impactante para mí y para toda mi familia. ¿Qué cómo lo hemos tomado, doctor? Yo he sido el primero en enterarme; no he llorado. Más bien he pintado una cara bobalicona de pesadez, de un golpe directo pero bien recibido, y me he resignado a adoptarlo como propio; he sentido la inminente necesidad de ser fuerte y conciso; de parecer un eslabón infranqueable, incorruptible. Mis hijos lo necesitan: ellos son jóvenes, inexpertos. Han vivido poco, y ciertamente no están para tomar a su abuela en brazos, para conocerla de ésta manera, creo necesitar protegerlos. Si usted la viera, doctor. Su cuerpo ya nada más aguanta el peso de una playerita gris, viejísima, que ella jamás usó en sus buenos días. Le diré con cierta melancolía que la odiaba, si he de serle sincero, pero es cómoda. A ella le hace bien; a su cuerpo le hace bien; a sus inexistentes músculos le hacen bien. Pero mis dos hijos… Lucas tiene 16 y Jessica, 9. Yo he de cuidarla, doctor, soy el responsable. Para ello, he empezado a ser yo el que alimenta a mamá. Todas las mañanas compro un frasquito de procedencia dudosa en una farmacia un tanto familiar (¡Pero que ironía, doctor!), camino con un pasito tembloroso hasta el final de la casa, surcando las calles que dan a los demás cuartos, subiendo las escaleras en caracol, pero mis pasos son temblorosos solo para mí. Me duele, doctor; cada noche repito la ecuación, y al terminar, en aquel momento que no es vigilia ni sueño; ni consciencia ni saber, lloro en silencio con la imagen de mi madre escuálida y divergente, con un rostro estirado y cadavérico que no parece el suyo…y esos ojos… Esos ojos, doctor, son de una persona que ya se ha rendido; de una muerta. Verá, yo no tengo relación consanguínea con la señora grande, con la patriarca de la familia, si hemos de decirlo así. Yo tan solo soy la esposa de Alberto. Lo cierto es que tiene una mirada tal, que pareciese que no reconoce ya lo más mínimo. ¿Usted sabe? ¿Aún puede conocer la realidad? No se, no importa; no me diga, doctor. Sino puede, sería mejor; un destino de hermosa ignorancia es preferible al saber su condición; el vivir en la ignominia total, escondida en un cuarto que da justo al rincón más periférico de la casa, la última piedra del patio, por así decirlo, en donde ella puede vivir abajo, en la sombra, sin conocer o tocar el mundo exterior; un mundo que la apedrearía porque simplemente ya no puede competir en él. (Pero que horrible metáfora, doctor; disculpe usted. Jamás suelo ser así). Es, literalmente, un vegetal, no en el contexto médico, claro está (contrario a las afirmaciones de la señora, no soy una tonta: sé lo que es el estado vegetativo): no está en coma. Pero respira y gime, doctor; agita sus manitas débiles cuando tiene hambre, pronunciando palabras intangibles, ásperas, como el sonido de un puerco antes de morir ( ligero silencio). Y sus brazos: de ellos, que ya son flaquísimos, cuelga lo que antes fue músculo y ahora es solo una extensión de piel, flexible y flácida. No se doctor, no es cariño lo que me hunde en éste sentimiento; no es cariño lo que me obliga a hablar con usted, con la débil esperanza de que atenúe mi ansia y desenrede mi subconsciente (¿se dice así, doctor?, ¿subconsciente?); es algo más escurridizo, algo más tenue que se agita por ahí, como ella se agita cuando apagamos las luces de noche, y oímos sus gritos chirriantes y …fingimos dormir… porque mi abuela, doctor, chilla como loca. El frenesí agita a toda la casa. Cuando ella llora estentóreamente, todos nos quedamos callados un momento, tan solo un momento, como si esperáramos que algo pasara. Pero luego se calla, doctor. No tarda tanto; yo supongo que su cuerpo ya no lo permite. ¿Se lo imagina? El cuadro de una garganta seca, abatida, anciana que ya no puede sostener ni un grito decente. En fin, cuando se retuerce y gimotea, todos nos callamos, esperando algo, no sé que, pero algo, hasta que alguien cambia de tema, hasta que mi padre halaga el sazón de mi madre o yo sigo comiendo o haciendo la tarea. A veces simplemente subo el volumen del televisor; sí, eso ayuda. La verdad no me gustaría estar así, en su posición. Su cuarto guarda más parecido con el ático (¿Cuándo empezarán a apilar cajas ahí? ¿Cuándo la meterán a ella a una caja? ¿El cartón atenúa el sonido, doctor?; ¿se oirá menos de noche?). Me imagino la escena así, con mis fríos padres diciéndoles a los fornidos hombres de mudanza que coloquen las cajas por allá, al final del pasillo sin iluminación, que desciendan hacia el sótano por las escaleras de caracol, y lleguen a un cuarto. A la vieja, no le presten atención; es más, les pagaremos extra a quien la meta en una caja, a quien se atreva a tocar su huesudo y asqueroso trasero. Porque rara vez la bañan, doctor; no han querido pagar enfermeras, y el baño de esponja es complicado, más bien asqueroso. Se tiene que cargar a la abuela y luego recorrer su cuerpo (que ya no es mucho) con una diminuta y ridícula esponja de juguete, con agua y jabón, todo perfectamente desinfectado. No es algo grato; mi padre se obstina en hacerlo, aunque no tan a menudo como debería; tal vez así su cuarto no guardaría una pestilencia tal.
De ella, con mis amigos casi no he hablado. Es un tema oculto, tan oculto como está físicamente, en la última habitación de la gran casa. Pero a todo esto, ¿puedo irme, doctor? Es tarde, y tengo cosas que hacer y la más pequeña no ha querido venir; espero no sea necesario. Bien, que se quede en casa. Después de todo, alguien debe cuidarla; alguien debe alimentarla en mi ausencia. Bueno, he de decirle que en ésta última semana, no ha pasado gran cosa: su enfermedad, siendo crónica, evidentemente ha avanzado, pero era algo que ya se esperaba. Al menos físicamente, doctor, no notaría cambio alguno; sus huesos ya de por sí eran lo mínimo que un cuerpo puede albergar. Dígame ¿qué cambio habría de existir? Es imposible que se encojan más; que la poca grasa que aún la mantiene viva se viera aún más nimia, más intangible. Ciertamente, más que imposible es ridículo.
Han pasado cosas extrañas en casa. Nuestra familia… se ha unido más. Si, doctor, unido. A veces creo que hay momentos de inconsciencia total, donde dejamos de preocuparnos por ella, donde dejamos de conocer toda existencia. Imposible explicárselo: ayer, por ejemplo, nos encontrábamos comiendo un suculento cordon blue, cuando se oyeron sus gritos. Al principio, como es natural, nos helaron la sangre: su berrido infernal caminó lentamente por la piel, por la espina dorsal de cada uno de nosotros, y dio una fuerte estocada para terminar; nos quedamos en silencio, sin dignar a mirarnos, como si tal intercambio fuera un pecado inconcebible, pero cuando finalmente lo hicimos, hubo cierta paz. Fue un estado único, totalmente privilegiado, como el de un filósofo al encontrar la última causalidad. Y entonces sonreímos, doctor, nos miramos con una felicidad que hasta entonces nos parecía desconocida, y terminamos de comer en silencio, siempre en silencio, pero con un sentimiento de calidez y pertenencia.
Pero que cosas, doctor; que pensará de mí. Tal vez fuese mi imaginación; tal vez, cuando pasen mi esposa e hijo el digan que no, que aquello no pasó, que tras el chillido de la moribunda no hubo más, y eso sería lo correcto. Ya comemos juntos. Pareciera que el fin común de todos es evitar a mi abuela, o tal vez a su representación: es una cosa inconsistente, intangible, tan irreal como la vieja escondida en el ático. Ha sido nuestro punto, doctor: el común denominador. Hacemos los deberes juntos, salimos al cine, como una familia normal, pero ahí, en la fila, a punto de comprar un refresco grande pienso que todos los presentes tienen sus viejos secretos a punto de morir, ¿No es así, doctor? Todos ellos poseen a una vieja inválida, que debe ser bañada con esponja, que son incapaces de tocar, al sentir su arrugada piel bajo sus palpitantes dedos. Y entonces somos felices. Entonces caminamos con ignorancia entre las filas vecinas, y sonreímos con ellos, entre ellos. Que satisfacción, doctor, que deleite conocernos unidos por un bien común que aquel viejo problema logró crear. Ojalá siempre fuera así, pero temo su ida, porque bien podría ser que aquello fuera nuestra imaginación, pero si es meramente nuestra imaginación lo que respalda nuestro creciente amor, por mí está bien. Que aquello fuera el epítome de la hipocresía, de la felicidad falsa, pero existente; que fuese la vida, y nosotros la muerte, doctor; temo profundamente que mi abuela tenga la razón, que sea una burla para enfrentarnos a la realidad que ella esté en la casa, y nosotros en el último cuarto, ocultos sabiamente bajo una luz crepuscular; cubiertos, junto a los objetos perdidos. Temo, sobre todo, que desistamos simplemente de esto porque entonces cuando mi madre muera, cuando deje de existir no habrá pretexto ni oscuridad, y nos veremos obligados a enfrentarnos cara a cara, nosotros mismos, sin gritos ni pretextos, y no sabremos que hacer entonces nosotros moriremos, tal y como ella ha muerto, como ella ha aceptado ya y somos nosotros los que debemos morir, solo que aún no tenemos la fuerza para saberlo y tras la cortina de oscuridad; al terminar la infinita escalera de caracol, ¿Qué nos depara? Probablemente nada, una nada que ya es nuestra y que solo nos aguarda ahí, en la puerta de nuestras propias tinieblas, deseosa de que la conozcamos.
César A. Valdés

miércoles, 5 de agosto de 2009

Casa de locos



-¿Alguna palabra antes de que te cargue la chingada?

-Yermo de mierda.

-Fueron tres, pendejo.

La silla se venció con el peso y cayó de espaldas, el sonido me ensordeció unos instantes, me di cuenta de que había hecho un gesto involuntario de asco, mi boca arqueada y mi ceño fruncido. Lo compuse de inmediato al de taciturno y serio. Miré de reojo a mis compañeros, ninguno se movía, todos miraban hacia abajo, sin valor para decir una palabra.

-Nunca pierdan el control aunque las cosas se pongan complicadas- dijo mi líder.

-Nunca perder el control- gritamos a coro.

-¿Quién tiene la pintura?

-Aquí está señor- me apresuré a contestar.

-Nunca dejen que la pintura se dañe.

-La pintura es lo más valioso- respondimos al unísono.

-Recojan las evidencias y vámonos.

Tres de mis compañeros y yo nos abalanzamos sobre el cuerpo para limpiarlo y embolsarlo, quitamos las huellas del suelo y ordenamos lo mejor posible el despacho dejando las hojas y lápices en los cajones. Yo entrecerré las persianas. Un haz de luz llegaba desde la ventana hasta la placa del escritorio: José León Caballero. Director del museo Goya.

Juan-Arturo Ochoa

Familia

i

Hermana:
Si estás leyendo esto es porque nuestra familia ha dado fin con mi problemática existencia. Seguramente estoy muerto. Deberías estar tranquila, sé que entiendes por qué. Espero que ya hayas lavado tu cabello a conciencia y que tengas un par de calcetines limpios cubriendo tus pies. Una persona se delata sin quererlo ante otros por el olor de sus pies, no lo olvides; no te preocupes por tallar demás tus dientes; tienes dientes hermosos, alineados como dos filas de soldaditos esperando una orden superior, no los descuides ni permitas que se vuelvan amarillos y rebeldes.
Recuerda respirar antes de tomar una decisión importante, las decisiones pueden conducirte a caminos lúgubres o a valles soleados, tú escoges, así como escogí yo todo el tiempo. Seguramente papá te mantiene encerrada en la habitación de la chimenea. Estoy seguro que delante de ti hay un plato con sopa fría del desayuno y un vaso de plástico con agua del grifo, que mamá te dejó antes de lanzar una mirada reprobatoria y entre sollozos cerrar la puerta, acandando la salida. Sabes que me gusta jugar a no ser entendido, esa palabra no la encontrarás en el diccionario, es nuestra, de nadie más.
Pequeña, seguramente estás angustiada. No temas, no te pasará nada, con mi muerte he cerrado el ciclo del que tanto huíamos, ahora a ti te toca algo menos colérico, si tienes suerte saldrás de ese encierro algún día. Podrás nadar de nuevo y arrojar rocas a las colmenas más grandes. Arranca algunas flores por mí, no permitas que el jardín crezca tan hermoso, ni que las aves aniden en nuestro huerto; pero lo más importante, no trates de alcanzarme, a ti te tocan cosas mejores, las mereces. Estuve convencido de eso cada mañana que despertamos juntos. Te ama en todos los tiempos.
Tu hermano.

ii

La puerta de la habitación calló con un ruido seco. Cuatro hombres adultos entraron casi al mismo tiempo y se lanzaron sobre el cuerpo que yacía en la cama. Ocho manos lanzaron golpes con frenetismo salvaje hasta que la sangre ya no podía contenerse en la cama y se abría un caudal hasta el piso. Levántate, ordenó una voz autoritaria. No puede levantarse señor, está muerto. No, no puede ser que esté muerto, esta escoria no tiene ese privilegio. Cuatro manos alzaron un envase de huesos resquebrajados que parecían rechinar al mínimo roce. Mírate, hijo de puta, dijo la voz autoritaria, esto es poco de lo que mereces. Señor, tenemos que llevarlo a la sala, ahí decidirá qué hacer con él después de que lo revise el médico. Llévenselo, se escuchó dentro de la habitación. El sonido de los golpes aún se repetía en el eco y no pretendía cesar. El corazón del muchacho no soportaría más interrupciones.

iii

Cuando regresaba de casa de mi comadre Teresa, ya estaba muy entrada la noche, así que caminé sin distracción derechito a mi casa. Nuestro pueblo es chico y muy seguro, aquí jamás pasa algo que valga la pena, entonces no me dio miedo andar solita por los callejones. Mi comadre estaba muy decaída, su marido no regresará del otro lado hasta diciembre y mi comadrita ya lleva dos años sola. Desde que murió su hijo, mi comadre se fue al fondo. Jamás se quitó el luto y dejó que su cuerpo envejeciera como la fruta que se echa a perder sobre la mesa en tiempos de calor. Es más chica que yo y parece mi mamá, me da mucha pena por ella. Pero nomás no entiende. Y además con esa condena que le tocó, la verdad es que agradezco a diosito que no me castigara con una hija como la que tuvo mi comadre, ya ni le digo ahijada porque dejé de quererla hace mucho, ya no es parte de mi familia.
Pero acabó donde tenía que acabar, encerrada para siempre en aquel lugar, ahí está con sus semejantes, mujeres y hombres de mente perdida. Mira que causarle tanto dolor a su mamacita santa y a su papacito, esa escuincla lo tiene bien merecido. Ojalá no la dejen salir nunca de ahí, yo entré una vez porque quería hablar con ella, hacerla entender, enseñarle el camino, pero la niña estaba muy mal, hasta escalofríos me dio, hablaba con las paredes y las plantas y se levantaba el vestido para enseñar sus braguitas todas sucias y manchadas por la pipí y la tierra. A veces se arrojaba al piso y gritaba majaderías contra sus papás, a mi compadre por haber matado a su hermano y a mi comadre por no haber hecho nada para evitarlo. No sé qué salió mal con ella, de chiquita parecía toda una damita, hasta pensé que llegaría a ser importante, como reina de la primavera del pueblo o que se volvería maestra o algo así, pero no. Nadie sabe de quién es la culpa cuando un hijo sale mal, perdido. Dios debe tener sus elegidos hasta para ello. Ahí está bien esa niña, encerrada. Donde no pueda causarle más daño a mi comadre Teresita. Pobre de ella, ya ha sufrido mucho y nadie se compadece. Ah, mi comadrita.

iv

Parecía una lucha para demostrar a quién le pertenecía más de la otra persona. Eran dos cuerpos que embonaban a la perfección. Cada mano presionando suficiente como para hacer daño, sin hacerlo. Sobre ellos se había formado una nube pequeña de vapor azul que humedecía sus cabellos y perlaba sus frentes. Sus rodillas se anclaban sobre el colchón y sus manos marcaban senderos sobre las sábanas. Extendían sus pechos abriendo los pulmones al aroma completo del otro amante hasta que no cupiera nada más dentro de ellos. Entonces dentro de sus muslos crecían plantas y morían insectos aplastados por el peso de una pasión escandalizadora que hervía como el agua para café.
Hasta que el último aliento se elevaba sobre sus rostros y se confundía con las grietas del techo tejiendo una red de seda y algodón que olía a manzana de caramelo.
-Te amo.
-Yo también te amo hermano.

Juan-Arturo Ochoa

Monóloco.


¿Alguna vez se han topado con un loco? No hablo del chofer maniático, el maestro chiflado o la madre histérica. Y se lo digo yo que mi madre era la puta histérica más desquiciada del puto mundo. (Mucho putear para decir casi nada) Quiero decir, un loco loco; esos tipos mugrientos de andar lento y mirada como que perdida. Los que giran con la frente pegada a un palo corto, andan por ahí siseando sin parar, o se comen sus heces de postre.
Vale vale, ya sé que ésos son intopables por confinados, pero vamos, es que no nacieron encerrados. Como ustedes o como yo habrán nacido en un hospital, digo yo, salieron al mundo, no lo comprendieron, el mundo no les comprendió a ellos y voalá, derechitos al manicomio.
Pues eso, mientras se daba este toma y daca de la incomprensión (mundo – loco), bien pudo cualquiera de ustedes toparse con uno en la combi, en el mercado, en la tiendita de la esquina ¿por qué decimos tiendita de la esquina si son pocas las tienditas que están en una esquina? No importa, sigo escribiendo ¿Saben a qué huele un loco? ¿Alguno les ha atacado? ¿Saben de alguien que haya sido asesinado por un loco? Miren, el niño gringo que abre fuego a mitad de la lección ¿por qué se dice abrir fuego? Digo, uno abre fuego cuando se va a freír unos huevos ¿no? Y siendo justos no abres fuego, abres la llave del gas y por medio de una chispa ¡pum! ¡Habemus fuego¡ Vale, les decía que ese puto gringo no está loco precisamente, está emputado con la vida que no es lo mismo, porque yo sé (créanme que lo sé) de muchos locos que no tienen nada contra el mundo y llorarían como musulmanes si supieran que un pendejo mata a sus compañeritos de clase nomás porque no llevaba su tarea y no se le ocurrió nada mejor que distraer al maestro con algunos muertos para que la tarea quedara en un segundo plano. O en un tercero. ¿A dónde quiero llegar? Quiero decir, o más bien quiero escribir, o quiero decir escribiendo, que la mayoría de los locos no deberían estar encerrados, no hay por qué, a menos que hagan algo muy malo. Igual que las personas no locas, que no deben ser encerradas hasta que hagan algo muy malo. Encerrar a los locos por estar locos es una locura y lo que acabo de decir, una paradoja (locos encerrando a locos) ¿Quién encierra a los primeros?
¿Han estado dentro de un manicomio? ¿Tienen idea de lo que sucede al interior de alguno? Pues eso, que si alguien entra no loco, termina loco y ya está. Es un infierno, es una muerte lenta y bien cruel, es algo que no le deseo a nadie (créanme, a nadie)
A las siete es el programa cómico. ¡Qué programa cómico ni que ocho cuartos! Que se jodan ¿Por qué se dice ni que ocho cuartos? Vale, vale, esa sí me la sé: En la novela El buque de la tortura de Isabel Liphtay, que trata sobre la dictadura en Chile, uno de los personajes es sobornado para que delate a sus camaradas. Le prometen que si revela algunos nombres le darán una casa con ocho habitaciones y una dama de compañía para que se divierta. El tipo que era muy leal a la causa de Allende les responde: ¡Qué dama de compañía ni que ocho cuartos!
Ya les decía yo, no nacimos aquí, a algunos los habrían podido topar en la tiendita de la esquina; a mí, a mí me habrían topado en la biblioteca municipal.

Oscar Pérez Corona.