domingo, 9 de agosto de 2009

Quémela por favor. por Juan-Arturo Ochoa


A Don Lucio le gustaba mucho el viento. Apenas sentía un soplo en la nuca y se quitaba el sombrero para dejarse despeinar por las ráfagas silenciosas, después suspiraba y emprendía el regreso a casa. Me parece que a los hombres resignados como él, las cosas que se mueven por sí mismas son sumamente hermosas, tal vez porque saben que en ellas no existe la tristeza que causa la pasividad o peor, la impotencia que trae consigo el estatismo.

Debo confesar que nunca aprobé lo que le hacíamos a ese hombre, sin embargo lo tenía que hacer, o por lo menos era necesario para formar parte del grupo. Yo era un vil hijo de puta por eso. Cada mañana, cuando despuntaba el sol, Don Lucio ensillaba a su mula y cabalgaba hasta su parcela, ahí revisaba tallo por tallo de maíz en busca de algún error: Cualquier hierba mala era arrancada, cualquier plaga era eliminada. Año tras año, a mediados de marzo, recogía la cosecha entera y la vendía, guardándose unas cuantas mazorcas para sobrevivir. Así hasta sus 83 años mantuvo estoica tal monotonía. Antes del atardecer el viejo caminaba trabajosamente hasta la parte más alta de su parcela y contemplando el color dorado de su maizal se dejaba cubrir por el viento y sonreía de gusto. Su tierra alimentaba a una fracción de mundo que jamás lo conocería.

Nuestra intención era como siempre fastidiar al viejo, esa noche me tocaba a mí idear el plan que los demás seguirían, intenté ser suficientemente malo y original para ganarme su aceptación. “Vamos a meternos a su casa y le chingamos la silla de montar” dije, creyendo que sería suficiente. A mitad de la noche brincamos la cerca de madera y nos seguimos de largo hasta el establo, tres de nosotros tomamos la silla de su base, mientras los demás nos cuidaban. La arrojamos a un pastizal fangoso donde no podía ser encontrada, después nos repantigamos satisfechos y ocultos frente a su casa, esperamos el amanecer.

Sus ojos se volvieron un pequeño reflejo de agua. La confusión fue más grande que la ira o el enojo. Se limitó a levantar la mirada al cielo aún negro y suspiró. Trepó con dolor sobre el lomo del animal y pensó en su maizal. Su mirada recuperó un poco de esperanza.

“Esta noche será diferente, el pinche plan de ayer no le hizo nada al viejo” dijo el más obeso del grupo. “Ese Don Lucio ni se lo espera, ya quiero ver su cara mañana que salga el sol” dijo el que estaba justo a mi derecha. En aquel momento por mi mente sólo pasó una pregunta: ¿Cómo lo hacemos sin despertar al viejo?

La puerta de la casita se abrió con un silbido, Don Lucio tomó su morral, su machete y su botella de agua; un coro de grillos parecía seguirlo mientras quitaba el rocío de las plantas al caminar junto a ellas, había tenido un mal sueño, la lechuza se postró cantando toda la noche sobre el flamboyán vecino. Malas noticias seguramente, sólo que no esperaba recibirlas tan pronto. Su morral dejó escapar la botella de agua, que con la caída se abrió, al girar, derramó el líquido justo donde tendría que estar su mula. Había huellas marcadas en el suelo. Un trozo de cuerda y un surco que conducía desde sus pies hasta la puerta. Por ahí la habían sacado, a rastras. ¿Quién será más animal? Pensó Don Lucio mientras apretaba el puño con toda la fuerza que le quedaba a sus dedos. Esa mañana no alzó la mirada al cielo, no recogió la botella, ni falto a trabajar.

Aquel día se tardó una hora más para poder llegar hasta su tierra, las hojas continuaban verdes y tiernas, el suelo parecía evaporarse, caía plúmbeo sobre las plantas un sol ardiente. La espalda del anciano se había entumecido un poco y la nuca le escocía demasiado. Gruesas gotas de sudor resbalaban desde sus sienes hasta el algodón de su camisa, notó que los pies temblaban bajo su peso, se sentó un rato sobre la piedra que tenía menos apariencia de eso y se enjugó la frente. De pronto como si alguien o algo lo hubiese escuchado, los altos tallos de maíz comenzaron a mecerse, Don Lucio feliz se quitó el sobrero para dejarse seducir por el aire refrescante, pero en lugar de la caricia acostumbrada, el golpe de un tronco grueso y pesado le hizo perder la razón, su espalda se arqueó de dolor, mientras enterraba las uñas en la superficie caliente del suelo, el maíz comenzó a volverse borroso y gris. Nos asustamos, nos asustamos mucho, esta vez se nos fue la mano lo sé. Sólo que nos dejamos llevar, el viejo parecía no sentir nada, por lo menos dolor físico o algo. La idea no fue mía, yo ni siquiera lo toqué, bueno, cuando lo cargamos hasta su casa sí. No pensé que un cuerpo pudiera ser tan liviano, era como cargar a un niño, puse mucha atención a los sonidos de su cuerpo, por si algo sonaba en su interior, si un hueso se rompió debe de sonar al moverse como una piedra en una lata. Aún me da vergüenza esta lógica.

-Don Lucio, Don Lucio despierte por favor, no queríamos hacerle daño- dije.

-No se muera Don Lucio, le devolvemos a la mula sólo se la escondimos- rogó otro de mis amigos. Recordé que había una sola cosa que el hombre puso ante todo a lo largo de su vida.

-Don Lucio quiere que haga algo por usted, quiere que haga algo con su parcela, dígame- le rogué cada vez con más angustia al ver que el anciano no se movía.

Lentamente abrió la boca, un hilo de saliva se rompió con el aire que formaban las palabras: “Quémela por favor.”

Varios no entendimos el sentido de su acción, pero ese día, mientras el maíz se volvía ceniza y una columna de humo negro se erguía hacia las nubes, Don Lucio logró descansar, porque el alma de su tierra se levantó hasta donde estaba su corazón, justo por encima de las montañas, donde al fin podría viajar con el viento y conocer otras tierras. Sitios tan grandes como cien parcelas cubiertas de sol. Don Lucio cerró los ojos satisfecho y no los volvió a abrir.

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