
¿Alguna vez se han topado con un loco? No hablo del chofer maniático, el maestro chiflado o la madre histérica. Y se lo digo yo que mi madre era la puta histérica más desquiciada del puto mundo. (Mucho putear para decir casi nada) Quiero decir, un loco loco; esos tipos mugrientos de andar lento y mirada como que perdida. Los que giran con la frente pegada a un palo corto, andan por ahí siseando sin parar, o se comen sus heces de postre.
Vale vale, ya sé que ésos son intopables por confinados, pero vamos, es que no nacieron encerrados. Como ustedes o como yo habrán nacido en un hospital, digo yo, salieron al mundo, no lo comprendieron, el mundo no les comprendió a ellos y voalá, derechitos al manicomio.
Pues eso, mientras se daba este toma y daca de la incomprensión (mundo – loco), bien pudo cualquiera de ustedes toparse con uno en la combi, en el mercado, en la tiendita de la esquina ¿por qué decimos tiendita de la esquina si son pocas las tienditas que están en una esquina? No importa, sigo escribiendo ¿Saben a qué huele un loco? ¿Alguno les ha atacado? ¿Saben de alguien que haya sido asesinado por un loco? Miren, el niño gringo que abre fuego a mitad de la lección ¿por qué se dice abrir fuego? Digo, uno abre fuego cuando se va a freír unos huevos ¿no? Y siendo justos no abres fuego, abres la llave del gas y por medio de una chispa ¡pum! ¡Habemus fuego¡ Vale, les decía que ese puto gringo no está loco precisamente, está emputado con la vida que no es lo mismo, porque yo sé (créanme que lo sé) de muchos locos que no tienen nada contra el mundo y llorarían como musulmanes si supieran que un pendejo mata a sus compañeritos de clase nomás porque no llevaba su tarea y no se le ocurrió nada mejor que distraer al maestro con algunos muertos para que la tarea quedara en un segundo plano. O en un tercero. ¿A dónde quiero llegar? Quiero decir, o más bien quiero escribir, o quiero decir escribiendo, que la mayoría de los locos no deberían estar encerrados, no hay por qué, a menos que hagan algo muy malo. Igual que las personas no locas, que no deben ser encerradas hasta que hagan algo muy malo. Encerrar a los locos por estar locos es una locura y lo que acabo de decir, una paradoja (locos encerrando a locos) ¿Quién encierra a los primeros?
¿Han estado dentro de un manicomio? ¿Tienen idea de lo que sucede al interior de alguno? Pues eso, que si alguien entra no loco, termina loco y ya está. Es un infierno, es una muerte lenta y bien cruel, es algo que no le deseo a nadie (créanme, a nadie)
A las siete es el programa cómico. ¡Qué programa cómico ni que ocho cuartos! Que se jodan ¿Por qué se dice ni que ocho cuartos? Vale, vale, esa sí me la sé: En la novela El buque de la tortura de Isabel Liphtay, que trata sobre la dictadura en Chile, uno de los personajes es sobornado para que delate a sus camaradas. Le prometen que si revela algunos nombres le darán una casa con ocho habitaciones y una dama de compañía para que se divierta. El tipo que era muy leal a la causa de Allende les responde: ¡Qué dama de compañía ni que ocho cuartos!
Ya les decía yo, no nacimos aquí, a algunos los habrían podido topar en la tiendita de la esquina; a mí, a mí me habrían topado en la biblioteca municipal.
Vale vale, ya sé que ésos son intopables por confinados, pero vamos, es que no nacieron encerrados. Como ustedes o como yo habrán nacido en un hospital, digo yo, salieron al mundo, no lo comprendieron, el mundo no les comprendió a ellos y voalá, derechitos al manicomio.
Pues eso, mientras se daba este toma y daca de la incomprensión (mundo – loco), bien pudo cualquiera de ustedes toparse con uno en la combi, en el mercado, en la tiendita de la esquina ¿por qué decimos tiendita de la esquina si son pocas las tienditas que están en una esquina? No importa, sigo escribiendo ¿Saben a qué huele un loco? ¿Alguno les ha atacado? ¿Saben de alguien que haya sido asesinado por un loco? Miren, el niño gringo que abre fuego a mitad de la lección ¿por qué se dice abrir fuego? Digo, uno abre fuego cuando se va a freír unos huevos ¿no? Y siendo justos no abres fuego, abres la llave del gas y por medio de una chispa ¡pum! ¡Habemus fuego¡ Vale, les decía que ese puto gringo no está loco precisamente, está emputado con la vida que no es lo mismo, porque yo sé (créanme que lo sé) de muchos locos que no tienen nada contra el mundo y llorarían como musulmanes si supieran que un pendejo mata a sus compañeritos de clase nomás porque no llevaba su tarea y no se le ocurrió nada mejor que distraer al maestro con algunos muertos para que la tarea quedara en un segundo plano. O en un tercero. ¿A dónde quiero llegar? Quiero decir, o más bien quiero escribir, o quiero decir escribiendo, que la mayoría de los locos no deberían estar encerrados, no hay por qué, a menos que hagan algo muy malo. Igual que las personas no locas, que no deben ser encerradas hasta que hagan algo muy malo. Encerrar a los locos por estar locos es una locura y lo que acabo de decir, una paradoja (locos encerrando a locos) ¿Quién encierra a los primeros?
¿Han estado dentro de un manicomio? ¿Tienen idea de lo que sucede al interior de alguno? Pues eso, que si alguien entra no loco, termina loco y ya está. Es un infierno, es una muerte lenta y bien cruel, es algo que no le deseo a nadie (créanme, a nadie)
A las siete es el programa cómico. ¡Qué programa cómico ni que ocho cuartos! Que se jodan ¿Por qué se dice ni que ocho cuartos? Vale, vale, esa sí me la sé: En la novela El buque de la tortura de Isabel Liphtay, que trata sobre la dictadura en Chile, uno de los personajes es sobornado para que delate a sus camaradas. Le prometen que si revela algunos nombres le darán una casa con ocho habitaciones y una dama de compañía para que se divierta. El tipo que era muy leal a la causa de Allende les responde: ¡Qué dama de compañía ni que ocho cuartos!
Ya les decía yo, no nacimos aquí, a algunos los habrían podido topar en la tiendita de la esquina; a mí, a mí me habrían topado en la biblioteca municipal.
Oscar Pérez Corona.

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