-¿Alguna palabra antes de que te cargue la chingada?
-Yermo de mierda.
-Fueron tres, pendejo.
La silla se venció con el peso y cayó de espaldas, el sonido me ensordeció unos instantes, me di cuenta de que había hecho un gesto involuntario de asco, mi boca arqueada y mi ceño fruncido. Lo compuse de inmediato al de taciturno y serio. Miré de reojo a mis compañeros, ninguno se movía, todos miraban hacia abajo, sin valor para decir una palabra.
-Nunca pierdan el control aunque las cosas se pongan complicadas- dijo mi líder.
-Nunca perder el control- gritamos a coro.
-¿Quién tiene la pintura?
-Aquí está señor- me apresuré a contestar.
-Nunca dejen que la pintura se dañe.
-La pintura es lo más valioso- respondimos al unísono.
-Recojan las evidencias y vámonos.
Tres de mis compañeros y yo nos abalanzamos sobre el cuerpo para limpiarlo y embolsarlo, quitamos las huellas del suelo y ordenamos lo mejor posible el despacho dejando las hojas y lápices en los cajones. Yo entrecerré las persianas. Un haz de luz llegaba desde la ventana hasta la placa del escritorio: José León Caballero. Director del museo Goya.
Juan-Arturo Ochoa

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