La pelea se oía por los auriculares que el hombre se llevó hasta sus oídos con sus manos callosas, llenas de surcos. Era un aparato viejo, digno monumento al cuerpo gastado del boxeador; su sombrero tapaba gran parte de los cables que sobresalían artificiosamente de sus oídos. Sus manos, hábiles en el cambio de estaciones, en el manejo del aparato de radio, sintonizaban perfectamente la frecuencia deseada, y él estaba absorto en la narrativa de la pelea. Lo delataba su mirada gacha y sus pasos torpes.
Pareciera ser que la técnica de Rubén Olivares es mejor; mucho más completa que el de su retador nicaragüense, el Arguello. El Arguello no tiene oportunidad.
Cuando el otro hombre lo comenzó a seguir, no nos dimos cuenta. En la oscuridad de aquel estacionamiento gris y de tres pisos de altura (el boxeador y el ladrón estaban en las escaleras y yo y mi esposa en el marco que era al mismo tiempo la entrada al estacionamiento y el piso del compartimiento superior ) el ladrón pudo haber llevado horas esperando a alguna víctima. Lo cierto es que de pronto la segunda figura saltó, silenciosa, y retó al primero abiertamente. Nos imaginamos su discusión. Para el momento en que el otro sacó su pistola, las palabras sobraban: sabíamos que aquello era un asalto. La sorpresa nos impidió correr de regreso a la plaza a pedir ayuda. Seguro el viejo boxeador oía la áspera voz del asaltante susurrando que no se resistiese, que lo acompañase hasta un rincón del estacionamiento, lejos de la luz sepulcral del faro que colgaba sobre ellos; que aquello era, por así decirlo, rutinario en el sentido literal de la palabra, que no habría mayor problema. Entonces notamos la mirada del boxeador: sus manos temblaron ligeramente, como si previera los actos totalitarios de lo que habría de hacer. Soltó el aparato que sostenía entre manos. La caída destruyó la radio, lanzando al aire sus intrincados circuitos internos, destrozando su caparazón de metal y plástico. La mirada del boxeador sorprendió incluso al ladrón. Bajo su sombrero de ala corta nos podíamos imaginar su expresión de rabia.
Una furia ciega se apoderó de él cuando le asestó el primer golpe, recordando probablemente sus viejas peleas en un cuadrilátero asfixiante, lleno de gente. Al instante se agrupó, retomando su guardia, y dio un derechazo en las costillas del asaltante, sintiendo la carne hundirse bajo su puño, confundiendo hueso con hueso. La sensación de valor le nutría, y cuando el arma del otro hombre cayó al suelo tras el primer golpe, una sonrisa triunfal se formó en su boca, confundiéndose con sus arrugas. Ya no había nada tras lo cual ocultarse. El ladrón lo miró, anonadado, y se irguió, dispuesto a enfrentarle. Sin forma alguna, le tiró un par de golpes, mismos que esquivó sin esfuerzo: la guardia del viejo boxeador, reflejando incontables peleas en su vida, era perfecta, insuperable. El asaltante sacó entonces una navaja de su pantalón holgado y se lanzó contra el viejo. Su cuerpo tomó nuevo vigor, dándole un fuerte golpe en la nariz, y ésta se quebró: el borbotón de sangre cayó a sus pies.
Hay que decir que las piernas de Olivares no están respondiendo bien; parece un novato en la pelea. ¡Olivares se está metiendo en la boca del lobo, señores, en la boca del lobo!
Platicábamos entre nosotros, con cinismo ante la pelea. Nos debatíamos con estos conceptos, totalmente alienados del plan de batalla magistral que ocurría ahí, a unos cuantos metros: el hombre de aspecto de boxeador retirado, fuerte, alto, de hombros anchos pero ligeramente caídos, contra el flaco idiota que lo intentaba asaltar. Al boxeador, lo habíamos reconocido de vista. Resultó ser un viejo amigo de la familia, pero parecía tener la pelea ganada. De hecho, estábamos a punto de dar media vuelta, absortos, y no notamos que el hombre andrajoso lograba recuperar del suelo su arma, en un descuido magistral por parte del otro.
Y vemos ahí, Arguello lo prendió. ¡Perfecta la derecha! Se va por segunda vez a la lona Olivares, por segunda vez, y pareciese que ya no se va a parar. ¡No se va a parar, señores!
Cuando se oyó el disparo, nos costó reagruparnos a aquel mundo. Era un espectáculo ajeno, como un campeonato que veíamos con cierto interés en la televisión, pero del cual creíamos no formar parte, hasta que aquel sonido nos ató de nuevo al asalto. Abracé el cuerpo de mi esposa, mirando al pobre boxeador: creí que estaría en aquel momento tirado en el suelo, moribundo, pero no. Estaba de pié, igualmente sorprendido de no estar herido. En mi mano noté entonces el líquido caliente, y sentí que aquella mano que sostenía mi cintura comenzaba a perder fuerza, que caía hacia el vacío. El tenue sonido de las gotas chocando contra el suelo de asfalto, magnánimo en aquel lugar lleno de ecos y silencios, hizo que todos los participantes de aquella ridícula pelea girasen hacia nosotros, hacia mí sosteniendo el cadáver de mi esposa sobre un charco de sangre. Hacia mí, sólo, mirando con lágrimas en los ojos al luchador vencido.
César A. Valdés G.

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