martes, 8 de septiembre de 2009

¡Quémela por favor¡ Por Óscar Pérez Corona



Una promesa es una deuda, un extraño compromiso verbal apurado hacia el futuro. Prometer es jugar a ser dios pues en ello hay un conocimiento implícito de lo que ha de ser. Las promesas no habrían de basarse en esperanzas ni en especulaciones sino en certidumbres y al ser humano las certidumbres no le están dadas. El ser humano no debería prometer nunca nada.

J ya era un hombre hecho el día que le prometió a M quererla para siempre. La promesa en algunas ocasiones busca una constancia, una prueba permanente de que el pacto se realizó. J eligió un árbol (algo poco original por cierto) para dejar testimonio de su promesa. Por cierto M no prometió nada en aquel día, quizá estaba tan segura de sus sentimientos que consideró inútil replicar la promesa de J, éste tenía el corazón lleno de dudas y por eso prometió, luego entonces la promesa de J no partió de la certeza de lo que habría de suceder sino de la esperanza de que sucediera. J quería ajustar la dirección de un sentimiento que ya se le estaba torciendo. Y que al final se le torció.
J no quiso a M para siempre, no la quiso ni siquiera mucho tiempo, la quiso poco, demasiado poco diría yo. Primero se lo dijo y M reaccionó con discreción, como aquel que ya sabe lo que el otro va a decirle. J se sorprendió un poco, esperaba algo más, pero al final dio gracias de que fuera así. Luego llegó a pensar que M no lo quería tanto y que por eso había tomado el fin de la promesa con tanta calma. Estaba equivocado. Finalmente quiso retomar su vida, pasaba todos los días frente al árbol de la constancia y lo miraba sin querer. Un día vio a M sentada muy cerca del árbol, se compadeció de ella y odió al árbol. Al poco rato J fue con su navaja y borró las iniciales. Otro día vio de nuevo a M caminando desde algún lugar muy próximo del árbol, notó que ella traía algo en la mano, J creyó ver una navaja. Tomó su decisión. Fue al día siguiente con uno de sus empleados, le dio instrucciones precisas: Tumbe el árbol, haga leña y luego quémela por favor. Sintió un poco de pena al pensar en M cuando descubra que el árbol ya no está.
J sigue inquieto y no puede dejar de ver el sitio donde alguna vez estuvo el árbol, le da vueltas al asunto pero no sabe qué mas hacer ¿mandar construir una casa, un quiosco, un monumento a la mentira? Se siente fatal pero está seguro que ya no quiere a M.
M sigue amando a J y todos los días piensa en él, a veces cree que lo va a querer toda la vida. Del árbol, no ha visto que ya no está, no pensó en él un solo día después de que J lo marcara con su navaja. Quizá nunca note su ausencia. Es mucho su amor y no tiene tiempo para mandas silvicultoras.

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