miércoles, 23 de septiembre de 2009

Noche de lobos viejos


Por Alejandro Merino



Hay cartel esta noche. El “Travieso” Arce quiere acabar su carrera con otro título mundial; pelean también Edgar Sosa, El Canelo y la Zorrita. El bar está lleno. Noche de 15 de septiembre.
Tomo mi cerveza y busco un lugar en la barra. Hay un banco vacío casi al final, junto a un grupo de 5 ó 6 hombres que comparten una botella de Bacardi blanco. El menor rondará los 60; el mayor, 70 lo mínimo. ¿Está ocupado? Pregunto tomando el banco. Uno de ellos me mira de soslayo y menea la cabeza sin decir nada. Me acomodo y doy un trago.
Hay alegría ante los contundentes triunfos del Canelo y la Zorrita, ambos en el primer asalto. El Travieso está por saltar al cuadrilátero ante un sudafricano de piel curtida. Pido otra cerveza. Los viejos a mi lado se mantienen atentos al combate. Comentan poco y beben mucho. Tiene el mismo upper que tenía Taylor, le oigo decir a uno de ellos a mitad del cuarto round. El Travieso no logra encontrar su distancia ante el sudafricano. ¿Meldrick Taylor? –pienso. Claro, aquel norteamericano que mantuvo a Julio César Chávez a raya durante 12 asaltos hasta que el mexicano, a sólo 12 segundos de terminar el último round, le conectó una derecha limpia en la mandíbula que lo mandó a la lona en uno de los combates más espectaculares que haya visto. Pero no, el viejo no se refiere a Meldrick, sino a Curtis Taylor, quien dominaba los pesos medios cuando mis padres eran recién casados y felices. No mames Jorge, Taylor era más rápido, contesta otro. Mira, fíjate… ¿ya ves? Lo anuncia mucho. Para uppers el del “Copetes” Jiménez. Detrás de ellos y en silencio hago un repaso de mis pobres conocimientos boxísticos, en los que no figura ningún “Copetes”. Mis escasas referencias son las peleas de Antonio Margarito (la más memorable contra Cotto), las de Juan Manuel Márquez (a quien Manny Pacquiao mandó a la lona 3 veces en el primer round), los 3 encarnizados combates de Eric “el Terrible” Morales contra Marco Antonio Barrera, algunas de Chávez y del “Finito” López (quien se retiró tras 21 defensas de su título y sin conocer la derrota jamás), las del mismo Pacquiao (contra Hatton, De la Hoya, Morales, Barrera, Márquez, Cotto), es decir, que una decena de nombres conforman todo lo que sé sobre boxeo. Y el “Travieso” sigue sin encontrarle la distancia a su rival; apenas avanza y lo tunden, y allá va el “Travieso” de nuevo, con más corazón que técnica, y con un ojo hinchado apenas en el quinto round.
A mitad del séptimo la plática vuelve a atraerme. Nombres desconocidos para un párvulo imberbe como yo; recuerdos gloriosos para viejos lobos como ellos: el “Toluco” López, “Pulgarcito” Ramos, Carlos Monzón, Kid Azteca, Ultiminio Ramos. El sudafricano sigue dominando al Travieso, y un pito lo que me importa. Los viejos hablan sobre boxeo, y una extraña sonrisa melancólica se les asoma mientras evocan épicos episodios del pugilismo: Salvador “el Sal” Sánchez noqueando a Azumah Nelson en el quinceavo round en 1982 para retener su título de campeón mundial de los pesos pluma; el mismo “Sal” Sánchez noqueando en el octavo al puertorriqueño Wilfredo Gómez en una de las victorias más importantes del boxeo mexicano; Roberto “Manos de piedra” Durán arrebatándole a Sugar Ray Leonard el título mundial de peso welter en 1980 en una de las 10 mejores peleas de la historia.
Los nombres, títulos y categorías fluyen y retroceden más. De Humberto “la Chiquita” González a Nino Benbenutti, de Fernando Sotelo a José Legrá, de Ringo Bonavena a “Mantequilla” Nápoles. Aquellos eran combates, carajo; cuando los campeonatos mundiales se disputaban a 15 rounds, cuando tirar la toalla era el último recurso, pero de verdad el último, cuando los púgiles se tiraban golpes por honor y no por 10 millones de dólares en regalías. Se recuerda con respeto los 3 sangrientos combates entre Rubén “el Púas” Olivares y Chucho Castillo a principios de los setenta, o el agónico knockout en el décimo tercer asalto que el nicaragüense Alexis Argüello le propinó al “Púas” en 1974 para arrebatarle la corona de los pesos gallo del Consejo Mundial. Otro grande de los pesos gallo sale a colación: Raúl “el Ratón” Macías –recién fallecido- y su memorable frase “Todo se lo debo a mi manager y la Virgencita de Guadalupe”. Los viejos brindan (¿por la Virgen, por el ratón, por los dos?) y se enfrascan de nuevo en disertaciones sobre si la defensa más difícil de Joe Fraizer –campeón mundial de los completos- fue contra George Foreman en 1973 o contra Larry Holmes en 1975; o si fue mejor el primero o el tercero de los tres apoteósicos combates que dieron Efrén “el Alacrán” Torres y el filipino Chartchai Chonoi entre 1966 y 1968.
La botella de Bacardi blanco se vacía, y en la barra se mencionan los dos nombres más grandes que el boxeo haya conocido: Muhammad Alí y Rocky Marciano; Alí en su combate contra Sonny Liston en 1965, Marciano contra Joe Walcott en 1952, ambos por el título mundial de peso completo. Marciano vs. Alí, el único combate que estos viejos no vieron nunca porque “a la puta suerte –dice uno de ellos- se le ocurrió darles casi 15 años de diferencia”.
Han cambiado el canal de las pantallas. No sé a qué hora terminó el suplicio del Travieso. Con lo que me importa a estas alturas. Es noche de lobos viejos, y yo no puedo sino escucharlos.






1 comentario:

Ramón Ortega III dijo...

No sé, un relato demasiado centrado en celebridades. Me parece a veces más un reportage de boxeo que un relato. Tal vez quedaría bien para una novela como la de Palinuro, en la que el autor pretende vanagloriarse de sus conocimientos de boxeo, que evidentemente lucen.